Publicidad

Muerte y pingüino: otras historias de Ucrania en tiempos de guerra

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Juan Diego Soler
27 de febrero de 2026 - 10:30 a. m.
El 6 de febrero de 1996 se izó por primera vez la bandera azul y amarilla frente a la Península Antártica.
El 6 de febrero de 1996 se izó por primera vez la bandera azul y amarilla frente a la Península Antártica.
Foto: Oksana Savenko/National Antarctic Scientific Center
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

Esta semana se cumplen cuatro años de la ofensiva masiva de la Federación Rusa contra Ucrania, una escalada del conflicto iniciado en 2014 y el inicio de la guerra más grande y mortífera en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Alrededor de ocho millones de ucranianos se han visto desplazados internamente. Más de seis millones han huido del país. Las fuerzas armadas rusas aún ocupan casi una quinta parte de Ucrania y continúan sus ataques deliberados contra objetivos civiles, incluidos hospitales, escuelas y la red eléctrica, sometiendo a los ucranianos a las bajas temperaturas de un crudo invierno exacerbado por el fenómeno de La Niña. Abundan las noticias sobre deportaciones forzadas, torturas y asesinatos de civiles ucranianos en los territorios ocupados. En medio de la tragedia, los ucranianos continúan resistiendo, viviendo y realizando descubrimientos, incluso en el confín del mundo.

Hace algunos días, científicos de la expedición polar ucraniana registraron el avistamiento de un pingüino rey (Aptenodytes patagonicus) cerca de la estación Vernadsky. La presencia de un pingüino en la Antártida difícilmente puede ser una sorpresa. Hay cinco especies de pingüinos que viven alrededor del continente antártico; los pingüinos rey son los segundos más grandes. Sin embargo, esta especie prefiere las costas libres de hielo de las islas en latitudes más bajas. La colonia de pingüinos rey más cercana a la estación ucraniana se encuentra a dos mil kilómetros, un poco más que la distancia entre Leticia y Cabo de la Vela.

Tras el colapso de la Unión Soviética, Rusia se declaró sucesora de todas las estaciones antárticas soviéticas y se negó a transferir alguna a Ucrania, independiente desde el 24 de agosto de 1991. Científicos y especialistas enviaron cartas de iniciativa, y diversas organizaciones hicieron llamamientos a reanudar las actividades de Ucrania en la Antártida. El país atendió a la propuesta del Reino Unido de transferir la Estación Faraday, situada en la isla de Galindez, frente a la Península Antártica, al sur de Sudamérica, a uno de los estados que aún no tenía presencia en el continente. El 6 de febrero de 1996 se izó por primera vez la bandera azul y amarilla sobre la estación, entregada por el costo simbólico de una libra esterlina y rebautizada en honor a Vladímir Vernadski, químico y geólogo, descendiente de cosacos de Zaporiyia, quien también aparece en el billete de mayor denominación en Ucrania.

El avistamiento ocurrió por casualidad, luego de que las condiciones del hielo impidieron el desembarque en el lugar previsto, según reporta Zoya Shvydka, bióloga de la 30ª expedición del Centro Científico Antártico Nacional de Ucrania. Los pingüinos rey jóvenes pueden recorrer largas distancias mientras buscan alimento y las corrientes oceánicas a veces los llevan más al sur de lo habitual. Sin embargo, este avistamiento también puede ser un síntoma de los cambios producidos por el calentamiento de la región, que, además, incluyen el enverdecimiento de las superficies de hielo de la Península Antártica, estudiado por la colombiana Natalia Jaramillo durante las expediciones de nuestro país.

Con las innumerables historias dramáticas que provienen de Ucrania, este inesperado avistamiento parece una noticia menor, casi una escena surrealista de una novela de Andrei Kurkov. Sin embargo, dice mucho sobre una nación que se niega a ser definida por la guerra. Un país que sabe que, en palabras de Nelson Mandela, la paz no es solo la ausencia de conflicto, sino la creación de un entorno en el que todos puedan prosperar. Mientras esa anhelada paz llega, el pueblo ucraniano, aún sin esperanza, cree, se defiende y espera la primavera. A pesar de tener el talento de una generación comprometido con la defensa de la nación, participa en la comunidad de naciones con sus atletas, artistas y científicos, quienes se niegan a que el estudio del mundo natural sea un privilegio exclusivo de los países que usualmente aparecen en primera línea. Nuestra voluntad, por sí sola, no puede detener esta guerra, pero nuestra falta de curiosidad condena a quienes la sufren al olvido. Hay que ver, oír y aprender las historias de Ucrania, así como las de Gaza, El-Fasher y el Catatumbo. Si no lo hacemos, ¿a quién vamos a pedirle que escuche cuando otros pretendan escribir nuestra historia?

👩‍🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🧪🧬

Juan Diego Soler

Por Juan Diego Soler

Doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.
Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.