Una mañana durante los primeros días de septiembre, un malogrado navío de color negro fue avistado desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda, en la margen izquierda del estuario del río Guadalquivir, en el sur de España. El buque Victoria y sus 18 tripulantes eran los supervivientes de una flota de cinco embarcaciones y 270 hombres que había zarpado desde Sevilla tres años antes. Eran los primeros humanos en completar un viaje alrededor de la Tierra. Habían recorrido más de 70 mil kilómetros impulsados por el viento y las velas de su navío. Hoy, 502 años después, se despliegan otras velas para llegar a nuevos horizontes de exploración más allá de los límites del planeta.
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El viento que llevó a los pueblos del sur de Asia en su expansión por las islas de Melanesia hace más de tres mil años y condujo a los colonos europeos por los océanos del mundo a partir del siglo XVI es el producto del movimiento del aire en la atmósfera terrestre. Por fuera de esa delgada capa de gases que envuelve al planeta no hay suficientes moléculas para transmitir su impulso a una vela. Pero la suficiente luz del sol puede tener el mismo efecto.
La luz ejerce una presión mecánica sobre los objetos en los que incide, la llamada presión de radiación. Esa presión es demasiado pequeña para ser percibida en circunstancias cotidianas, pero es una fuerza con la hay que contar en los viajes espaciales. Por ejemplo, si no se tiene en cuenta el efecto de la presión de radiación del Sol sobre una nave espacial en camino a Marte, esta puede se desviar de su trayectoria y fallar su objetivo por decenas de miles de kilómetros, varias veces el diámetro del planeta rojo. Ese mismo efecto puede usarse para impulsar sondas de exploración y alcanzar otros objetivos en el espacio.
En mayo de 2010, la sonda IKAROS de la Agencia Espacial Japonesa (JAXA) se convirtió en la primera nave espacial en utilizar exitosamente una vela solar como sistema principal de propulsión. IKAROS, nombrada en alusión al héroe de la mitología griega que voló cerca del Sol con alas hechas de plumas de ave y cera, desplegó una delgada membrana con área cercana a media cancha de microfútbol para sobrevolar el planeta Venus. Desde entonces, varias agencias espaciales han explorado aplicaciones de esta tecnología, cuyo más reciente hito ocurrió apenas hace unos días con el despliegue del Sistema Avanzado de Vela Solar de Material Compuesto de la NASA (ACS3 por sus siglas en inglés), un satélite apenas más grande que un morral equipado con un sistema de cuatro brazos de fibra de carbono que desplegaron una vela de 81 metros cuadrados.
La vela del ACS3, capturada con un diminuto diamante en el firmamento por astrónomos aficionados de todo el mundo, es un sistema más liviano y resistente a las deformaciones que sus predecesores con armazones metálicos. Es una guía para el diseño de futuros sistemas de velas solares que podrían utilizarse para satélites de alerta temprana de tormentas solares, misiones de reconocimiento de asteroides cercanos a la Tierra o repetidores de comunicaciones para misiones de exploración tripuladas. Las velas solares pueden llevarnos también a un objetivo aún más ambicioso: el planeta habitable más cercano a la Tierra.
La iniciativa Breakthrough Starshot (que puede traducirse como ‘Disparo estelar’) es un proyecto iniciado en 2016 por el inversor Yuri Milner, el físico Stephen Hawking y el fundador del conglomerado tecnológico Meta, Mark Zuckerberg. Su objetivo es desarrollar una flota de micronaves espaciales impulsadas por velas solares para alcanzar en menos de 30 años el sistema planetario de la estrella Próxima Centauri, en donde se encuentra el planeta más cercano al Sistema Solar con posibilidades de mantener agua líquida en su superficie. Aún es incierto cuánto tiempo tomará el desarrollo de las tecnologías que convertirán a este disparo estelar en una realidad. Ante la impaciencia, vale la pena recordar que un viaje tan largo está hecho de pequeños pasos y no olvidar aquel tiempo en que darle una vuelta al planeta también parecía una quimera.