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Ayer hace 57 años, la humanidad estuvo a punto de entrar en un conflicto nuclear por culpa de una señal del espacio. El 23 de mayo de 1967, tres de los radares del Sistema de Alerta Temprana de Misiles Balísticos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos quedaron bloqueados. Ante lo que parecía ser el indicio de un ataque inminente, el Mando Norteamericano de Defensa Aérea puso en alerta a los aviones que volaban de forma continua cargados de armas nucleares y alistó fuerzas adicionales para su despliegue.
Las estaciones de donde provenía la alarma se habían comenzado a construir en 1958, cuando era claro que la Unión Soviética estaba desarrollando misiles balísticos intercontinentales capaces de transportar ojivas nucleares. Doce radares entraron en funcionamiento en 1961 con la tarea de alertar con antelación de un ataque a través del círculo polar ártico, la ruta más corta entre las dos potencias nucleares. Su señal conjunta daba entre 15 y 25 minutos para alertar a la población civil y responder al ataque. Cuando los radares de la Estación Clear en Alaska, la Base Aérea Thule en Groenlandia y Fylingdales en Reino Unido dejaron de operar, se temía lo peor. Por fortuna para la humanidad alguien conocía las noticias que traía el firmamento.
Casi simultáneamente al desarrollo de los sistemas de alerta temprana se inició un programa para vigilar la actividad solar. A inicios de la década de 1960, el Servicio Meteorológico Aéreo ya monitoreaba sistemáticamente el Sol para identificar las erupciones que despiden chorros de energía, radiación y partículas cargadas. Esas erupciones solares suelen provocar perturbaciones electromagnéticas en la Tierra, conocidas como tormentas geomagnéticas. Su manifestación más frecuente son los patrones de luces brillantes que aparecen como cortinas en movimiento en el cielo de las latitudes más altas del planeta: las auroras. Pero las tormentas geomagnéticas también pueden interrumpir las comunicaciones y las transmisiones por líneas eléctricas en todo el mundo.
El 1° de septiembre de 1859, las líneas de telégrafo en diferentes lugares del hemisferio norte despidieron repentinamente descargas eléctricas produciendo incendios. Durante varias noches aparecieron auroras inusualmente brillantes, algunas de las cuales fueron avistadas en Colombia. El evento Carrington, que lleva el nombre de uno de los astrónomos que relacionaron el acontecimiento con la actividad del Sol, es la tormenta geomagnética más potente registrada hasta ahora. Pero tormentas menos severas observadas desde entonces han mantenido vivo el recuerdo de los efectos de la actividad solar.
Cuando el Mando de Defensa Aérea preparaba su respuesta a la crisis, circularon los informes de la aparición de un grupo inusualmente grande de manchas en la superficie solar unos días antes. El observatorio solar de Massachusetts informó que el Sol estaba emitiendo niveles sin precedentes de ondas de radio. Los bombarderos cesaron sus preparativos de despegue. Las armas nucleares permanecieron en silencio. Espectaculares auroras iluminaron el firmamento sobre el norte de México, pero la amenaza no terminó.
Un acontecimiento como el evento Carrington tiene el potencial de producir apagones masivos y afectar a cientos de miles de personas, como ya sucedió en Canadá en 1989. Dependiendo de la magnitud de la tormenta, el restablecimiento de la red eléctrica puede tomar meses y hasta años. Los sistemas de telecomunicaciones, incluidos los de posicionamiento global, pueden quedar inutilizados, produciendo disrupciones al transporte y el comercio en todo el planeta. En la escala de riesgos para muchas agencias internacionales, el efecto global de una tormenta geomagnética solo se compara al de una pandemia. El clima espacial es crucial para la actividad humana, desde la producción y distribución de alimentos hasta las transacciones bancarias. Sin embargo, no es lo primero que aparece en la memoria cuando hablamos de la influencia del espacio en los humanos. Decimos que buscamos el cielo para entender nuestras vidas. Pero no escuchamos. Tenemos en frente la inmensidad del universo y solo nos escuchamos a nosotros mismos.
