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Se acaba de estrenar en Colombia la película Frost/Nixon, y debo decir que, a pesar de los elogios de la crítica, es excelente.
Bien actuada, bien dirigida, bien escrita: o sea lo que uno necesita para poder verla cuantas veces quiera, porque en el cine, como en los libros, más que el estreno importa la repetición, la relectura, el placer morboso de hacer de una trama cualquiera un episodio más de nuestra propia vida.
Y esta película, inspirada en la obra de Peter Morgan, está construida con tanto acierto, que sería una lástima (para quienes se la pierdan) no verla. Y no sólo por razones que tienen que ver con el placer –que en últimas el cine se trata es de eso; al menos para los ignorantes como yo–, sino también por razones históricas que enriquecen poderosamente los méritos estéticos de esta adaptación doble de la realidad y del teatro; del absurdo teatro de la vida en el que nos paramos todos, y que nos tiene también por el más confuso de los espectadores.
No quisiera exagerar porque cada quien le reza al Dios que se merece, pero sí sentí un leve aire shakesperiano en Frost/Nixon. Y repito el beneficio de inventario para calmar los ánimos, pues no estoy diciendo que la película sea tan grande como Shakespere ni que exhiba algo de su poesía. Pero hay momentos verdaderamente magistrales –el monólogo de Frank Langella en el teléfono, por ejemplo– que recrean perfectamente las miserias, las trampas del poder y de la gloria. Y los clásicos, a fin de cuentas, enseñan justamente eso: que sus obras pueden ser muy bellas y sublimes, pero están inspiradas siempre en la condición humana. En sus errores, en su soledad.
No sé si Frost/Nixon, en su modestia, sea un clásico; ya dije que soy un ignorante. Pero es una oportunidad deliciosa para recordar un hecho escandaloso, y sobre todo la influencia de ese hecho en el destino de sus protagonistas y su sociedad. Y esta vez no hay conspiraciones, ni poses épicas ni grandes dramas sicológicos. Sólo la pequeñez de dos hombres y su afán por ignorarla.
Para cuando la entrevista (en marzo de 1977), David Frost era apenas un presentador inglés y superficial. Nadie daba un peso por su voz. Nixon había dejado de ser el hombre más poderoso del mundo hacía 3 años, y esa fue la única vez en que aceptó su verdadera participación en el escándalo de Watergate.
Los hombres del Presidente pensaron que Frost sería un hueso fácil de lamer. Se les había olvidado (si alguna vez lo supieron) que fue él quien lanzó la canción Revolution de los Beatles: de lejos, la favorita de Shakespeare.
