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El espejo de Weimar

Desde este fin de semana, el escritor Juan Esteban Constaín analizará la realidad contemporánea con su mirada histórica. Hoy, Europa.

Imagen de referencia. El nombre de Weimar suele evocarse en Alemania no sólo para recordar la fundación de la primera república alemana sino también para advertir sobre la vulnerabilidad de las democracias como ahora, con el auge de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), en las elecciones regionales del pasado 1 de septiembre. EFE/ Rodrigo Zuleta
Foto: EFE - Rodrigo Zuleta
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Nunca nada se repite en la historia, esa es su esencia (si es que la tiene): la contingencia y el flujo caótico e incierto de los días que uno tras otro son la vida, la imprevisibilidad y el descontrol de sus causas y sus consecuencias, su misterioso cauce como el río turbulento que es y que lo arrastra todo consigo, así es el tiempo, sin que podamos atraparlo con las manos porque se nos escapa más bien como un puñado de arena.

Pero la historia como relato, como explicación de lo que ocurrió, nos regala esa ilusión de un orden previsible y cadencioso, un cuento con principio, nudo y desenlace. Por eso, a lo largo de los siglos, que también son una arbitrariedad, prosperó siempre esa idea de que la historia se repite y es cíclica, que lo que pasó antes volverá a ocurrir. Lo decía el historiador griego Polibio: los estados y los pueblos tienen una vida circular que vuelve al mismo punto.

Eso no es así, eso no es cierto, aunque a través de la historia mucha gente lo haya creído como un dogma de fe. El gran Millôr Fernandes escribió que hay borrachos ––“esos son los imprescindibles”, decía Bertolt Brecht–– que sólo beben en ocasiones especiales pero que consideran especial toda ocasión en la que beben. Lo mismo ha pasado con la historia a través de la historia, y es que lo único que se repite en ella es la creencia de que la historia se repite.

Esa creencia, esa ilusión, ese capricho tiene nombre de enfermedad, por supuesto enfermedad griega: la anacyclosis, la idea de que todo volverá a ser igual: igual o peor, cabe añadir, la especie humana nunca decepciona cuando se trata de caer más bajo. Marx decía que la historia ocurre primero como tragedia y luego como farsa, Mark Twain decía que la historia no se repite sino que rima. Hay una mejor versión: la historia no se repite, se reproduce.

Como ha ocurrido en lo que va de este siglo XXI que tanto nos esmeramos en conocer, cuya puerta de entrada tanto quisimos cruzar durante décadas, porque era un mito. Apenas llevamos un cuarto de este siglo, que también es increíble, cómo estaremos de viejos, y nos la hemos pasado mirando hacia atrás, obsesionados con repetir los movimientos de hace cien años que vemos en ese espejo.

Eso tiene que ver, yo creo, con la invención de la fotografía y sobre todo del cine, con el hecho de que por primera vez, desde el siglo XX, la historia se pudo ver y recrear así, en movimiento, con esas imágenes que a pesar de estar en blanco y negro o en sepia son para nosotros, sus herederos, mucho más vívidas y reales que cuando uno ve una pintura, la ilustración convencional del pasado.

Somos hijos y nietos inevitables de la historia del siglo XX y la sentimos mucho más cercana, “historia presente”, digamos, “historia contemporánea”, y por eso mismo nos sentimos mucho más comprometidos y obligados con sus aterradores abismos, también porque su recuerdo y sus víctimas aún están entre nosotros. Si hablamos de las guerras mundiales, el Gulag, el Holocausto, por ejemplo, no es como si habláramos de la batalla de Waterloo.

Y ahora estamos con la fijación, la obsesión morbosa de la conmemoración de la República de Weimar y lo que ella simboliza como la sombría transición entre el Segundo Imperio Alemán y el triunfo del nazismo en 1933. En realidad Weimar significa el fin de la democracia constitucional en la Europa de la primera mitad del siglo XX: el último intento por mantener el Estado de Derecho en el continente contra el embate arrasador del totalitarismo.

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Pero como ya nos sabemos esa historia, ahora sí es muy fácil adivinarla y preverla; como ya conocemos su camino, ahora sí podemos señalar sus trampas. Porque además nos parece que una vez más la historia se está repitiendo, quizás como nunca antes (como siempre), y sentimos que estamos igual que hace cien años en la víspera del horror que llevó a la humanidad al infierno de la Segunda Guerra Mundial.

Hace un siglo, Europa vivía con intensidad el milagro de haber sobrevivido, valga decirlo así, al cataclismo de la Gran Guerra y la pandemia de la “gripa española”. Un esplendor artístico y cultural, vital, lo atravesaba todo, pero también, entre los escombros y las ruinas del viejo mundo, se habían larvado la furia y el resentimiento, el odio racial y de clase, el rechazo a los políticos y sus componendas y tibiezas que, según muchos, fueron la causa del desastre.

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Ese sentimiento fue el que encauzaron, cada uno a su manera, el bolchevismo, el fascismo y el nazismo: formas siniestras de un malestar social muy profundo frente al cual la democracia liberal y parlamentaria de aquel tiempo no pudo ofrecer ninguna solución real, ningún remedio. Por eso se impuso la “acción directa”: la idea de que las instituciones no servían para nada y había que reinventar el mundo de la mano de los caudillos y sus turbas enajenadas.

¿Se repite la historia? Hace cien años creían que sí, ojalá que no. Porque además, como dice un amigo, si esta vez se repite será la última vez.

Por Juan Esteban Constain

Columnista y escritor. Autor de “Ningún tiempo es pasado” (ensayos históricos, Random House, 2018). “El Hijo del Hombre” (Debate, 2026) es su libro más reciente..
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