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Hace mil años

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Juan Esteban Constain
23 de agosto de 2008 - 06:49 a. m.
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Aunque no lo supiera, porque en sus días el tiempo se llamaba de otra forma y cada quien ponía la fecha según el párroco del pueblo o las estrellas, Rodolfo Glaber (o Rafael: no sólo el tiempo tenía problemas con el nombre; y Glaber quería decir “el calvo”) vivió justo cuando la era cristiana entraba al año 1000 y parecía que todas las profecías sobre el fin del mundo, en tropel, se iban a cumplir con el último tañido de las campanas.

Pestes, herejías, naufragios, poemas en vulgar, hinchas de River Plate: todo el horror se volcaba sobre los pobladores indefensos de la cristiandad que, entre otras cosas, no es que estuvieran tampoco ni muy sorprendidos ni muy molestos; al revés: desde el año 70 estaban a la espera, y mientras habían sido testigos de grandes cosas, incluida la caída del Imperio y la llegada, llena de sabiduría y de palabras griegas, del Islam. En el norte se había escrito la hermosa literatura anglosajona (ahora no temáis), y en el sur Isidoro y Boecio habían logrado prolongar un poco el sol. Pero ya estaba bien y el mundo se tenía que morir; era hora de salvar el alma.

Y Rodolfo Glaber (llámenlo así; 985-1047) lo hizo: sentado en una dura piedra, bajo un manzano, escribió en latín el recuento detallado de todo lo que se le atravesaba por delante, pestes y herejías y cometas, para que cuando el mundo se acabara la gente pudiera acordarse de cómo eran las cosas. Y sólo por eso hoy quiero rendirle un homenaje a este gran cronista, cuyas memorias llenas de anécdotas y de prodigios, Los 5 libros de la historia, son una de las fuentes primordiales para la comprensión de la mentalidad medieval y de los temores del año mil. Y aunque una vez más el mundo siguió rodando sin aceptar la mala fe (o el optimismo) de los profetas, quienes lo dejaron durante el cumplimiento  del primer milenio de Cristo lo hicieron con la certeza de cosas mejores más allá. Y gracias a Glaber hoy podemos recordarlos. Con la historia, que es también literatura.

Comparto con los lectores un brevísimo fragmento de la obra de este monje de Francia, con la esperanza de que quizás alguien se interese en gozar del todo de su voz.

“Por aquel tiempo ocurrió en Borgoña otro presagio, en la casa de un noble llamado Ardebauldo. Y es que durante tres años seguidos de ella llovían, día y noche, piedras de todos los tamaños, volando por el aire como si fueran pájaros. Y la gente que se acercaba aprendió a caminar entre tal desafuero, y visitaba al señor que era ciertamente gentil”.

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