Es curioso, pero a quien escribe una novela histórica se le exige siempre que en su obra ponga lo único que la historia no tiene, es decir, verosimilitud y coherencia.
Porque la gente se olvida de su naturaleza, y cuando se refiere a sí misma, o a Cleopatra o a Julio César (a veces en este orden), piensa en términos cartesianos y ve al destino caminar por entre un libro sin errores. Y no: la vida es un hecho que trasciende al arte mismo, del cual se sabe justamente eso: que no hay invención más grande que la realidad y que no hay mayor exceso, ni mayor absurdo, que el hombre. Ese es el tronco en el que se enredan la historia y la literatura, casi fundiéndose, como lo pedían sin vergüenza científica ni complejos los escritores de la antigüedad (Heródoto, Diodoro Sículo, Eutropio), indudables iniciadores de la literatura latinoamericana.
Y digo esto porque en últimas la historia universal parecería ser (y es) una novela latinoamericana, y lo que en verdad hicieron Napoleón o Alejandro, así de ellos tengamos una idea heroica tan reverente, no es menos asombroso que lo que vemos todos los días cuando sacamos la cabeza por la ventana. Esperamos del héroe que no nos defraude, es decir, que no se junte con gente como nosotros, y por eso separamos sus locuras, o sus rasgos más humanos, de su gloria.
Podría decirles que las historias que ahora menciono las escribió Carpentier o García Márquez: en realidad son de Burckhardt y sobre el Renacimiento, época estupenda de sutileza y arte; época brutal. Las escogí al paso, recordando que aún hay gente indelicada que habla mal del Medievo atribuyéndole su ignorancia.
Pandolfo Petrucci era tirano de Siena y ejerció el curioso cargo de “Moderador” de la ciudad: durante el verano, para que no quedaran dudas sobre su idoneidad, se dedicaba a un deporte predilecto: cortar grandes pedazos de piedra del monte Amiato, para luego lanzarlos al vacío sin saber quién pasaba por debajo en la más inocente y fatal desprevención. Ercole d’Este fue dueño absoluto de Ferrara, y como tal estableció un riguroso procedimiento para impedir que los conspiradores atentaran contra su vida o la de los suyos: a todo el que entraba a la ciudad le daba una contraseña imposible, que debía ser dicha tal cual a la salida con la amenaza de castigos menores como la cauterización de los ojos. Cuando murió Borso, su consejero, hizo que toda la ciudad se vistiera de negro y llorara.
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