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Y después de deambular durante mucho tiempo por el mundo, Disney aterrizó en Colombia con Encanto. Imagino que la gran mayoría de nosotros ya sea por curiosidad o por patriotismo, se lanzó a ver la película para redescubrir la supuesta magia de nuestro país. Esa magia que la película reproduce evocando las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y llenando de colores todo lo que encuentra.
Pese al pesado popurrí cultural que evoca la cinta, simbolizado por ajiacos, “arepitas”, palmas de cera, y uno que otro baile, Colombia sale dignamente homenajeada. Sería difícil negar la sincera satisfacción de ver en la película ese país colorido con el que todos hemos soñado en algún momento de nuestra vida: ese país verde, lleno de animales, pueblos festivos y gente amable.
Es evidente que la película reproduce un ideal, un imaginario de esa tierra que todos hemos visto alguna vez y que nos hace seguir creyendo en un mejor futuro. Sin esa visión, sin esos instantes tan colombianos que todos hemos disfrutado alguna vez desde la infancia, no seríamos capaces de soportar tanta violencia y tanto odio. No seríamos capaces de cargar con ese fardo doloroso que cada uno de nosotros sigue sobrellevando desde que nació y que, en el fondo, nunca nos ha permitido disfrutar realmente de esa Colombia encantada: no poder movilizarse con libertad en su propio país es una verdadera tragedia que no nos hemos podido quitar de encima.
Y por más que la película nos llene de visiones geniales de lo que somos desde la utopía, la imagen de la violencia y el desplazamiento, al ritmo de las dos oruguitas de Lin-Manuel Miranda, es demoledora. Ni los colores, ni las sonrisas de los personajes, ni los abrumadores paisajes, pueden detener ese momento en el que todo cambia y que le trae una perenne y profunda tristeza al país. En ese instante, la supuesta magia se convierte en el peor de los hechizos y, por desgracia, el optimismo de la ficción da paso al pesimismo de la realidad. Es difícil evitarlo.
Como bien dice la canción: “hay que encontrar su propio futuro” y Colombia aún no ha sido capaz de hacerlo. Vivimos en esa nostalgia que reproduce la película, creyendo en milagros que nunca llegan y aceptando con resignación el inamovible destino que pareciera trazado desde siempre. ¿Realmente somos un país lleno de magia?
Cada uno ha vivido su propio Macondo y sabemos lo que este país nos ha dado. Sabemos que lo llevamos por dentro pese a todo y desearíamos verlo, así sea de manera parcial, con un poco más de alegría. Pese a sonar trillado e incauto, creo que no deberíamos perder la esperanza de que algún día, con un gobierno que se interese de verdad por la sociedad colombiana y poniendo algo más de nuestra parte, Colombia será lo que siempre hemos deseado. Confío con ingenuidad que algún día será posible disfrutarlo a plenitud y no solo a través de los pedazos de país que nos han dejado el narcotráfico y todos sus secuaces.
@jfcarrillog
