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16 Sep 2021 - 5:00 p. m.

Estados de corrupción

Lo que sucedió con la exministra Abudinen y todo el circo que ella misma montó a su alrededor es solo la punta del iceberg de la cantidad de malas prácticas que existen en Colombia. Se ha querido hacer de Abudinen un símbolo de deshonestidad y trampa al hacer de su apellido un verbo, cuyo significado no es otro que estafar o robar como bien lo explica este artículo del diario El País. El tema ha dado para que la misma Real Academia de la Lengua se manifieste al respecto precisando que el haber documentado como institución el término, no significa haberlo reconocido como parte del diccionario académico. Así, y por el momento, no se podrá usar el verbo “abudinar” como una especie de sinónimo de los verbos ya mencionados. Lo anterior le da casi más sentido a este efímero neologismo porque en el fondo ese tipo de prácticas por más expandidas que estén nunca serán realmente “oficiales”.

Pero lo que desata este galimatías lingüístico no tiene nada que ver con la dimensión de lo que esconden las prácticas corruptas en países como el nuestro. Y eso que, según Transparencia Internacional, Colombia aún no está en la parte más baja de la tabla. Lo que preocupa es que si no se le da la importancia suficiente a este tema, la corrupción puede arrasar con todo cuando menos nos demos cuenta. Se trata en el fondo de un problema de educación en contextos donde la ética es apenas una opción entre otras, y lo que prima es la viveza local sin importar su precio. Cuando esa lógica no se detiene, estas prácticas se empiezan a normalizar hasta que una gran parte de la sociedad las termina aceptando hasta formar parte de ellas.

Esto lo comentaba hace un par de años un contratista español instalado en Colombia en relación con las licitaciones para obras civiles. Además de lo impresionante que le parecía la generalizada práctica corrupta, le llamaba la atención como a todos los implicados poco les importaba mantener un mínimo de prudencia cuando se trataba de pedir su parte o de proponer una suma para quedarse con el negocio. Lo peor de todo es que por más asombrado que estuviera, el tipo también entró en el juego. En países como Kenia por ejemplo, donde las cosas son más extremas a este respecto, todas las personas saben que la policía para los buses en cualquier esquina para pedir una mordida y que detrás de esos policías existe toda una organización pseudooficial que les exige una cuota mínima diaria. En Colombia también sucede, pero aún se puede tener la sensación, por desgracia cada vez más lejana, de que se está haciendo algo indebido y de que todavía es más o menos posible contar con la policía como institución (quizás menos que más).

Desde un punto de vista holístico, se menciona en permanencia el profundo daño que la corrupción hace a la democracia. Pero al final, más que a la democracia es a la sociedad misma, a las personas comunes y corrientes que trabajan día a día pensando idílicamente que su país no está tan mal. Esos esfuerzos cotidianos, esos impuestos pagados, esa sensación de sentirse protegido por sus propias instituciones y gobernantes se pueden ir al traste en un segundo. Así se ha quedado mucha gente sin trabajo, sin ganas de seguir adelante, sin la sensación de formar parte de un Estado que nos protege. Abudinar, Samperear, Arboledear (miti-miti), Pastranear, Santear, Uribear, Moreno-Rojear son algunos de los verbos que la RAE podría documentar. Pero el problema no es ese, el problema es estructural, de educación, y seguirá siéndolo hasta que no se cambie esa falta de visión y de interés en hacer lo correcto. ¿Pero a quién le importa?

@jfcarrillog

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