El título de este corto, pero contundente poema del poeta español Ángel González es un viaje per se. Con solo tres palabras podemos imaginarnos un montón de situaciones que, asociadas a la candidez propia de la ilusión y de ciertos recorridos, nos permiten reflexionar sobre el mundo en el que vivimos. Y aunque la tentación recaiga siempre sobre escribir acerca de ese hombre que quiere dominar el mundo y de todos aquellos que se arrastran a sus pies, como la ignominiosa premio Nobel de Paz, no sobra que aprendamos a ignorarlos de vez en cuando.
Y es que no tiene sentido vivir en la ilusión de oponerse a algo y estar todo el tiempo hablando de eso. No tiene sentido pasar nuestro tiempo mirando, y en casos extremos y absurdos casi “admirando”, las ocurrencias de personajes cuyas intenciones no son ni siquiera malas, sino malévolas. Y en ese viaje de ilusión, de dizque protesta contra lo que no nos gusta, sacamos nuestros teléfonos para reproducir en permanencia artículos, imágenes y videos de todo eso que criticamos. Y en ese ejercicio pasamos nuestros días como si no hubiera nada más a nuestro alrededor.
La inmediatez con la que necesitamos alimentar nuestro debilitado espíritu crítico con pendejadas sacadas de Internet nos está llevando a eso que Byung-Chul Han sentenció con la frase: “ahora uno se explota a uno mismo y cree que se está realizando”. Esa explotación ha sido tan milimétricamente gradual que no hemos sido conscientes de ella. Y así, vemos a niños y a niñas reproduciendo nuestros gestos de adultos con aparatos que no solo han invadido sus espacios más importantes (como la lectura de tiras cómicas antes de dormir, el salir a jugar afuera y la sana tentación de hacer alguna travesura), sino que también nos han colocado en una posición donde aburrirse en una sala de espera no tiene cabida.
“Ilusos los Ulises” cuando creemos que nuestra realización y la de nuestros hijos se consiguen a través de la sobreinformación sobre cualquier cosa y de cualquier manera. “Ilusos los Ulises” cuando sentimos que debemos actuar como “bullies” para tener éxito en la vida. “Ilusos los Ulises” cuando creemos que el éxito es sinónimo de plata. “Ilusos los Ulises” cuando utilizamos el poder para hacerle daño al otro, queriendo reducirlo a su mínima expresión.
La verdadera Odisea empieza cuando nos sentimos empoderados para resistir y no tragar entero. Cuando tenemos la capacidad de reflexionar sobre el impacto de ciertas personas en ciertos contextos, intentando mantener nuestra dignidad intacta. Cuando, en el pequeño universo en el que vivimos, somos capaces de realizar actos de bondad reales, medidos y coherentes. Ese viaje que, no podemos negarlo, parece también una ilusión, es quizás uno de los únicos viajes que nos puede sacar del letargo en el que nos encontramos: nuestra Odisea es estar preparados para desafiar las estructuras sin tenerles miedo.
Y como sé que en los últimos años se tiende a politizar todo lo que se escribe, la ilusión de los Ulises no se puede pensar desde la izquierda o desde la derecha. La ilusión de los Ulises es el síntoma de una patología que nos ha vuelto más maleables y menos resistentes a aquello que no nos gusta, al punto de terminar aceptándolo de cualquier manera. Siempre habrá un espacio para no dejarse manipular por ese esposo machista, por esa jefa agresiva, por ese supuesto amigo o amiga que teme comprometerse de verdad con aquello que considera injusto. El viaje sigue y seguirá siendo largo, y siempre valdrá la pena hacer lo necesario para cambiar su rumbo.