27 Oct 2021 - 4:31 a. m.

La dignidad de morir queriendo la vida

Cuando salió la noticia de la señora Martha Sepúlveda, pensé de inmediato que era importante escribir sobre el tema y buscarle todas sus aristas: entender el aspecto humano, la dimensión jurídica, la profunda resistencia religiosa, los grados que puede tener el dolor, el libre albedrío, el sufrimiento de las familias, entre muchos otros. Me dije que era importante esperar un poco, no sólo para ver cómo evolucionaba el tema, sino también para informarme mejor, leer a otros columnistas y tener una idea sólida que me permitiera ofrecer a los lectores una opinión consistente, crítica, y digna de un debate constructivo.

Así, dejé pasar los días, y cuando me disponía a escribir esta columna, sucedió lo inesperado. Como lo dijo Álvaro Mutis en una de las aventuras del Gaviero, terminé cruzando sin darme cuenta una de esas esquinas de la vida que jamás imaginé que iba a cruzar. Y al hacerlo, todo mi estudio previo sobre el tema, mi buena intención de generar espacios de reflexión, mi supuesto análisis sobre la materia, se fueron al traste. Toda esa preparación no sirvió para nada cuando mi esposa recibió el sábado 16 de octubre una dolorosa llamada. La mamá de una de sus amigas le comunicaba que a su hija le habían practicado una eutanasia en Suiza el miércoles anterior.

La persona que falleció tenía 36 años y venía luchando durante 15 años con una aguda fibromialgia que, con el pasar del tiempo, la terminó postrando a una cama. Con cierta frecuencia nos preguntábamos cuánto iba a durar ese sufrimiento y hasta dónde el cuerpo humano era capaz de resistir la quietud absoluta más el dolor. En sí, y paradójicamente, lo más duro de la noticia no era la muerte misma, detrás de la cual se percibía en el aire una sensación de profundo alivio, sino el no haber tenido la oportunidad de decir adiós.

Lo más impactante es que nuestra amiga era una amante de la vida como nadie. Y respetando ese amor, decidió tomar la decisión en silencio, con sus padres y su pareja, dejando instrucciones muy claras para aquellos que, como mi esposa, la acompañaron en esa existencia que le fue asignada. Así fue como minutos después de la llamada de la mamá, le llegaron a mi esposa dos mensajes vocales de nuestra amiga. El primer mensaje se lo envió a todas las personas que la apoyaron. En él, nuestra amiga explicaba, con esa claridad de aquel que le ha dado la vuelta a la vida, los motivos principales de su decisión. Además nos pedía disculpas por el choque que la noticia pudo causar en cada uno de nosotros. Pedía también acompañar a sus padres y a su pareja en este duelo y seguir adelante con nuestros caminos.

El segundo mensaje era exclusivo para nosotros. Y aunque solo lo he querido escuchar una vez por el impacto que produjo en mí, creo que es el mensaje más hermoso que he escuchado en mi vida. En él nos daba las gracias por haberla acompañado y por la vida que tenemos. Nos aseguraba que iba a estar con nosotros en cada viaje, en cada experiencia, en cada uno de esos instantes que ella no pudo disfrutar. La fuerza de lo que dice en ese par de minutos que dura el mensaje destrozó cualquier lógica de lo que puede significar la eutanasia y su complejidad.

Porque todo lo que dice nuestra amiga tiene un denominador común: su contundente amor por la vida pese a la muerte, su deseo intacto de haberlo dado todo por esa vida y haberse dado cuenta de que ya había sido suficiente, de que en este caso como en muchos otros existe una dignidad de morir queriendo la vida que no podemos entender. No he conocido a nadie que haya querido tanto la vida como ella, y su muerte nos hará valorar mucho más lo que tenemos. Estoy seguro de que ella pudo ver esa foto con unas flores que mi esposa, pensando que estaba ahí, le envío por Whatsapp un día después de su muerte. Estoy seguro de que pudo ver esas flores porque para ella la vida sigue ahí pese a todo.

@jfcarrillog

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