En estos tiempos de pandemia y huracanes, ofende ver el circo en el que terminó convertida la selección Colombia. Para mí, el comienzo de esta historia nace desde el momento en el que vi cómo Queiroz se pone el tapabocas: con desgano, casi desidia, con esa actitud de qué más da, con esa parsimonia de aquel que no siente lo que está pasando. Y así con el tapabocas a medias, así decidió dirigir al equipo, ceder ante las presiones de quién sabe quién y dejarse llevar por esas jugosas cláusulas contractuales que, en el peor de los casos, lo podrían colocar de vacaciones en alguna isla paradisiaca sin mover un dedo. ¿Y es que en el fondo qué es mejor: no mover un dedo dirigiendo a esos niñitos caprichosos o no mover un dedo en la playa con un coctel en la mano?
Aunque podría dedicar este espacio a hablar de esa miseria de fútbol que mostró el equipo (como buen hincha que se respete), mi intención no es pontificar, como algunos periodistas deportivos, sobre algo que no sé hacer del todo. Esta columna pretende hacer un llamado de atención, máxime en una época como ésta, a esos personajes del mundo del fútbol que parecen ajenos a la pandemia. Mientras una buena cantidad de niños de diferentes países no han podido regresar al colegio, en algunos casos después de 9 meses, los jugadores han seguido con su vida casi como si nada. Y aun así, tienen la desfachatez de no ponerle ganas a su trabajo, de andar de pelea, de taparse unos con otros, de armar motines secretos, de salir casi ilesos de cualquier cantidad de enredos en ese mundo que muchas veces los ve como un ejemplo. ¿Cuántos de esos niños que siguen encerrados en sus casas o que hasta ahora empiezan a ir al colegio con tapabocas no ven en esos futbolistas un ideal, un ejemplo de virtudes y éxito, un modelo a seguir?
Mientras la mayoría de los mortales tiene que andar respetando las medidas de bioseguridad, da casi rabia ver que los futbolistas se estén abrazando en la cancha como si no pasara nada. Y ese sentimiento se acrecienta cuando se les ve sin actitud, sin tener la más mínima intención de reconocer las posibilidades que tienen. Si algo dejó ver la pandemia es lo superficial que es ese submundillo que existe detrás del fútbol y la poca falta que nos hace conocer las historias de vida de los futbolistas y sus nuevas adquisiciones. Algo de positivo tiene haber dejado de lado esa fijación por las estúpidas modas y fiestas con DJ de muchos de esos “profesionales” que han aprendido a ser alguien, no por su manera de jugar, sino por lo que la prensa dice de ellos.
Y en ese mismo paquete caen los técnicos y un personaje como Queiroz, dispuesto a echarse la culpa con tal de andar negando la realidad; con tal de andar pidiendo tolerancia y comprensión para personas que no lo necesitan. ¿Comprensión? ¿Tolerancia? ¿En serio? Debería ser al revés, son ellos los que deberían mostrar algo de eso por los que tenemos que esperar meses antes de ver a nuestros hijos jugar en un parque y poder abrazar a nuestros seres queridos sin tapabocas. Esa frase de Queiroz marca no solo la pauta de su debilidad como entrenador, sino también la mentalidad de perdedores que siempre cargamos a cuestas y que no nos ha dejado darnos cuenta de nuestras capacidades. No necesitábamos a un técnico extranjero para recordar esos “cinco centavitos para el peso” que siempre nos hacen falta; esos centavos de los que hablaba Vinasco antes de que Rincón metiera ese milagroso gol ante Alemania en Italia 90, sin duda el gol más hermoso de la historia de nuestro fútbol.
Aunque lamento lo sucedido por lo que representa Colombia como país, no tengo interés ni ganas de ser comprensivo con esos personajes que han hecho de un deporte fantástico, una fanfarronada para andar exhibiendo sus caprichos y lujos innecesarios. Su actitud no es un ejemplo para nadie y menos en un momento como este. Si el fútbol lo merece todo como deporte, mucho de lo que lo rodea no tiene alma. Los estadios vacíos son, considerando a las personas comunes y corrientes que viven de ese negocio, el mejor escenario para darnos cuenta de la oquedad que muchas veces existe tras bambalinas.
@jfcarrillog