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Las pantallas de siempre

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Juan Felipe Carrillo Gáfaro
06 de mayo de 2026 - 05:48 a. m.
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Solo basta con entrar a una sala de espera y contar cuántas personas están en el celular para darse cuenta de que hemos sido invadidos. Antes teníamos la capacidad de aburrirnos leyendo cualquier revista sin interés que andaba por ahí en la peluquería o en el odontólogo. Hoy, en cambio, nos carcome la necesidad de buscar en el celular esa información cualquiera que no puede esperar y que ocupa de manera permanente el espacio que antes dejaba el letargo propio de la espera.

Mientras la IA avanza a pasos agigantados, nuestros hijos (y nosotros mismos) nos hemos ido adhiriendo cada vez más a esas pantallas que se han convertido en una extensión de nuestro cuerpo. Ya lo advertía Marcuse en El Hombre unidimensional (1967) en un contexto industrial y tecnológico menos absorbente: el aparato técnico de producción en la sociedad industrial avanzada “tiende a hacerse totalitario en el grado en que determina no solo las ocupaciones, aptitudes y actitudes socialmente necesarias, sino también las necesidades y aspiraciones individuales” (p. 25-6). No solo estamos viviendo este tipo de totalitarismo en toda su extensión, sino que además estamos sucumbiendo a él de forma silenciosa y preocupante.

Nada de esto es nuevo y se ha hecho más evidente con el paso del tiempo. Algunas redes sociales han creado mecanismos para generar adicción, encapsulando los contenidos de tal manera que escapar de ellos exige un esfuerzo consciente. La IA, por su parte, se ha ido perfeccionando hasta volverse cada vez más imprescindible, creando así una peligrosa dependencia, antítesis de la creatividad. Pareciera, en muchos casos, que vamos directo contra el muro y, pese a darnos cuenta de ello, no es mucho lo que podamos o incluso queramos hacer.

Las pantallas de siempre nos atraen como un imán y nada parece escapárseles: una miradita rápida a esa tablet para echar un ojo al horario o a las tareas del colegio; una llamada por WhatsApp a los amigos que termina convertida en un intercambio interminable de “shorts” sobre cualquier cosa; una búsqueda en Google para saber cómo se dice esa palabra en inglés; un intercambio con ChatGPT para resumir ese artículo; una simple reacción instintiva para mirar el celular sin razón aparente. Y así nos vamos internando cada vez más en un universo que no solo nos ha vuelto menos atentos a lo que nos rodea, sino también más perezosos. Nuestra atención está siempre dividida entre lo que nos tiene reservado el celular y lo que nos rodea. Al mismo tiempo, estamos cada vez más tentados a que la IA produzca lo que necesitamos, en lugar de que nos ayude en su calidad de “mejor” asistente del mundo, como se dice últimamente.

La cuestión se complica cuando se va al otro extremo y se diaboliza todo lo anterior. Si hay algo que ha quedado claro desde la llegada masiva de Internet y la famosa “digitalización” es que negarse a su presencia es casi un absurdo. Cuanto más se resisten las personas a hacer uso de ciertas herramientas, más difícil es para ellas entenderlas en el futuro e intentar controlarlas.

Quizás, en el fondo, lo que todos deberíamos aprender al respecto es ese control razonado de lo que se nos está viniendo encima. Cuanto más aprendamos a convivir con estas pantallas, cuanto más conscientes seamos de su influencia y más capaces de ponerles límites, mayores serán nuestras posibilidades de vivir con la tranquilidad de que seguimos controlando la máquina, y no al revés. Volviendo a la sala de espera: los invito a que, en momentos como ese, dejen el celular de lado y se permitan, simplemente, aburrirse como en los viejos tiempos.

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