A partir del miércoles 16 de diciembre, Alemania decidió endurecer sus medidas de confinamiento. Los colegios y almacenes amanecieron cerrados, y los encuentros familiares de más de cinco adultos han estado prohibidos. Resulta difícil creer que, luego del éxito de la primera ola, Alemania haya perdido el rumbo de cómo manejar la situación. Ahora, a diferencia de muchos de sus vecinos, los alemanes pasarán una Navidad silenciosa, casi triste y desoladora. La película de ficción en la que el mundo entero anda metido desde inicios de 2020 parece más extrema en un momento como este; hordas desenfrenadas de consumidores intentaron en vano comprar los últimos regalos para seres queridos que a lo mejor ni siquiera iban a ver.
Toda historia tiene un comienzo y esta inicia a finales de verano cuando las cifras eran muy bajas y las advertencias de expertos y de la misma Merkel sobre la segunda ola parecían una exageración de mal gusto. Y es que cuando terminó la primera ola y la vida se reprogramó de manera gradual para volver a una nueva “normalidad”, se tomaron medidas prudentes y coherentes: los colegios alternaban lo presencial con lo virtual, los restaurantes respetaban a rajatabla las medidas de bioseguridad y las personas andaban con pies de plomo en cada escenario. En ese momento cuando el sol aún brillaba, la vida de antes parecía asomar un poco la cabeza y casi todo el mundo era feliz.
Así pasaban los días y, al mismo tiempo que las cifras no subían y la temperatura bajaba, aumentaba la falsa confianza de que era posible ir un poco más lejos. El problema para mí estuvo ahí, y ojalá que esta experiencia sea un referente para un país como Colombia donde la ola sigue su curso, pero sin mayores sobresaltos. El problema es que de la noche a la mañana, y de la misma manera que decidieron colocar medidas más estrictas ahora, las personas se dejaron llevar por el espejismo de haber conseguido controlar el virus.
Sería muy difícil identificar con claridad donde se falló: ¿Fueron los almacenes y restaurantes y sus medidas cada vez más permisivas? ¿Fue dejar de lado la alternancia virtual/presencial en los colegios? ¿Fue permitir sin demasiado control por parte de los responsables de la salud pública que cada uno “adaptara” las medidas de bioseguridad a su antojo y necesidad económica? ¿Fueron las fronteras abiertas con los demás países europeos, con el mundo entero? En el fondo, fue un poco la suma desordenada de todo lo anterior; pero en particular creo que fue un problema de actitud.
Una buena parte de la población se sintió invencible y se fue excediendo sin control alguno. Ahora, viéndolo con un poco de retrospectiva, da la impresión de que lo que hacía falta para entender mejor la pandemia no eran solo virólogos ni científicos expertos, sino también psicólogos sociales, sociólogos y hasta filósofos para anticipar mejor cómo reaccionamos los seres humanos si en situaciones extremas como esta no tenemos pautas claras de convivencia. Supongo que son esas mismas pautas las que llevaron a esa álgida discusión en Colombia sobre la prueba de COVID a los viajeros que vienen del exterior. Una medida que tiene sentido para sentirse seguro en los aeropuertos y aviones, y evitar que sigan llegando casos de otras latitudes. Se trata de una medida de sentido común que nada tendría que ver con la presencia exponencial de casos locales. Después no parece tener mucha lógica que tras llegar con una prueba negativa se deba hacer cuarentena: ojalá que esto se pueda corregir cuanto antes.
Alemania se preocupó tanto en ampliar la capacidad para hacer pruebas, respetar las libertades públicas y darle un respiro a la economía que olvidó reflexionar sobre aspectos clave de la naturaleza humana. Ahora todo eso que no quería hacer, lo terminó haciendo en el periodo más importante del año para la gran mayoría. En una época donde el invierno invita a estar reunido con la familia y los amigos. En definitiva, no todo lo que brilla es oro y ojalá que algo se pueda aprender de esta experiencia y que se retome cuanto antes el rumbo perdido.
@jfcarrillog