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Los primeros días del año

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Juan Felipe Carrillo Gáfaro
18 de enero de 2023 - 08:46 p. m.
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Hay algo especial en el ambiente cuando se inicia un año nuevo, o al menos eso es lo que muchos sienten. Existe la sensación de estar abriendo un ciclo, de estar dispuesto a darlo todo, de encontrar en las diferentes actividades la posibilidad de reflexionar sobre lo que ha pasado y soñar con todo lo que se puede hacer. Así se empiezan los primeros días del año hasta que la rutina erosiona esa nueva energía hasta reducirla al desgaste propio de los días, como lo hubiera dicho Álvaro Mutis.

En mi caso, luego de llevar más de un año y medio trabajando en temas de construcción de paz en Kenia, sería imposible negar todo lo aprendido. Haber llegado a África, y en particular a Nairobi, ha sido entender que el mundo es una experiencia gratificante cuando se tiene la oportunidad de dimensionarlo desde otra perspectiva, y es importante aprovechar y agradecer esa oportunidad. De lo contrario, todo lo aprendido perdería mucho sentido.

Parte de ese aprendizaje se ve reflejado en Nairobi como ciudad. Al ser Nairobi la sede principal de las Naciones Unidas en África y de muchas otras organizaciones internacionales, la diversidad se vive como parte de la cotidianidad. Una cosa es ser extranjero en un país específico y otra ser parte de todo un conglomerado de personas en un espacio donde, de manera general, todo el mundo es bienvenido.

Y esto no significa que la vida en Kenia sea perfecta ni mucho menos. Los contrastes en términos de desigualdad son más abismales que en Colombia, y la corrupción impide que el país avance como debería. Los problemas tribales y el impacto del cambio climático, en especial en toda la zona norte, siguen siendo la base de violencias y complejos problemas sociales que no se van a solucionar de la noche a la mañana.

Sin embargo, pese a estos inmensos desafíos y como lo mencionaba en una de mis columnas anteriores, Kenia tiene la fortuna de ser un país donde aún se puede vivir en paz. Y es que a diferencia de Colombia, aún es posible llegar a casi todas las regiones para promover la resolución de conflictos de manera no violenta sin correr el riesgo de terminar acribillado en cualquier vereda. Esa diferencia marca la pauta de cómo viven los kenianos y de cómo el apoyo internacional puede hacer parte de su trabajo.

Ahora bien, no todo lo que hace la comunidad internacional tiene sentido y es importante examinar este trabajo desde una perspectiva crítica para no caer en temibles tendencias poscolonialistas. En el fondo, con el pasar del tiempo, muchas de las personas que conforman esta comunidad tienen que ir dejando de lado esa peligrosa predisposición asistencialista y paternalista que no permite empoderar a las comunidades locales y mucho menos realzar sus capacidades y libertades, como lo describe Amartya Sen. De nada sirve una comunidad internacional recostada en cómodos beneficios si esto impide cambios reales en el contexto donde se encuentra.

En las discusiones informales con colegas de otras organizaciones se escuchan voces de supuesta ayuda y lucha por la injusticia en África a punta de plata. Muchos creen equívocamente que para ayudar a una empleada doméstica en Kenia, basta con pagarle lo mismo que recibiría en Europa en lugar de valorar su trabajo, entender sus necesidades y sueños y, desde una visión mínima del reconocimiento (Axel Honneth), hacer valer su potencial como ser humano para que se sienta capaz de buscar las mejores opciones y así mejorar su situación financiera a largo plazo. Las pequeñas “ayudas” económicas generan en muchos casos más perjuicios que otra cosa, por más que estén basadas en buenas intenciones.

Los primeros días del año y su aparente fuerza no dan para solucionar estas contradicciones, pero sí para seguir reflexionando sobre cómo apoyar realmente países como Kenia o Colombia sin reducirlos a pueblitos donde se cree que la gente aún no logra pensar por sí misma y necesita que otros le digan lo que tiene que hacer.

@jfcarrillog

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