23 Jun 2021 - 2:13 a. m.

Nairobi uno

Hace un mes que llegué a Kenia para instalarme por razones de trabajo y no quería dejar pasar la oportunidad de escribir al menos dos columnas sobre las primeras impresiones de Nairobi. Así como sucede en Europa con las noticias que llegan de Colombia, en nuestro país poco o nada sabemos de la vida de todos los días en los países africanos. Con el pasar del tiempo, el mundo ha llegado a una selectividad territorial en las noticias que, pese a vivir en un mundo tan conectado, ha ido enterrando culturas enteras. La ausencia de información sobre lo que pasa en otras latitudes es una de las bombas de tiempo de la ignorancia. El no poder tener una visión global del mundo afecta la manera como crecemos, carga de prejuicios nuestra realidad y sobre todo nos hace creer falsamente que somos únicos.

Nairobi tiene fama de ser una ciudad de trancones. Y la primera impresión, el primer recorrido desde el aeropuerto presagia lo peor. Atravesada por una mega obra construida por ingenieros chinos, la ciudad tiene tendencia a colapsarse en las horas pico, como un buen trancón bogotano de sábado. Sin embargo, con el pasar de los días esa visión de ciudad embotellada algo se atenúa, y salvo los estragos provocados por la obra, la ciudad aún permite transitar con un mínimo de fluidez.

Eso sí, una cosa es transitar y otra verse enfrentado a una forma de manejar que incumple con constante peligro las normas básicas de tránsito y de respeto a la vida. Quienes han pasado por acá, han tenido la oportunidad de ver cómo los arriesgados “matatus”, una especie de colectivo desbocado pintarrajeado por todas partes, transgreden muchas veces las leyes de la física para pasar a exactos milímetros de cualquier cosa que tenga movimiento. Sin embargo, a diferencia de lo que podría pasar en Colombia con ese estilo de manejo, el grado de agresividad en los conductores es reducido, y sorprende sobremanera ver que es posible ser atravesado sin ser violento.

Esa manera de ser hace que la vida en Nairobi sea agradable. Sin ser particularmente “entradores” y festivos, existe una flemática amabilidad con los extranjeros, potenciada por la presencia de las Naciones Unidas y la cantidad de organizaciones internacionales que tienen sede acá. Sin hacer uso de mucha cortesía, la gente ayuda a su manera a que las personas encuentren su camino sin demasiada preocupación.

En las discusiones cotidianas sobre cómo conseguir o arreglar algo, hay una tendencia a siempre ver el vaso medio lleno. Los trabajadores de restaurantes, arreglos caseros y otro tipo de servicios hacen las cosas rápido y se preocupan en términos generales por tener un buen resultado. No hay que dar muchas vueltas para que alguien vea la posibilidad de hacer un negocio y quedarse con él haciendo un trabajo correcto. Una gran parte de esos mismos trabajadores recorre en permanencia las calles de la ciudad con tal de ahorrarse la plata del transporte. En los zapatos, las manchas de la tierra rojiza son una prueba de que se ha pasado por acá. La gran paradoja es que para tanto caminante los andenes escasean, y no sorprendería que alguien gane unas elecciones prometiendo construirlos.

La ciudad respira la naturaleza aún no explotada por el hombre, sobre la cual escribiré en mi próxima columna. Creo que vale la pena escribir sobre algo diferente de vez en cuando.

@jfcarrillog

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