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2 Feb 2022 - 3:13 p. m.

“No es tan grave”

Hace un par de semanas, el diario El País entregó al papa Francisco y al cardenal Omella, presidente de la Conferencia Episcopal Española, el resultado de tres años de investigación sobre abusos a menores por parte de 251 miembros del clero y seglares de instituciones adjuntas. En total, desde 2018, la investigación registra 602 casos, los cuales afectan 31 órdenes religiosas y 31 diócesis. También se han podido identificar 1237 víctimas desde los años 30.

Esta titánica labor, la cual recuerda el trabajo realizado por los periodistas del Boston Globe en 2002, merece todo nuestro reconocimiento y admiración. Desde que se ha ido destapando esta olla podrida, las acciones tomadas por la Iglesia católica no han estado a la altura. Es evidente que con el pasar del tiempo, la gran mayoría de los altos mandos de la Iglesia en diferentes países se han hecho los pendejos con las acusaciones y han buscado la manera de demorar cada investigación hasta las últimas consecuencias. Cada documental, relato, o simple testimonio al respecto expone cómo en muchos casos la Iglesia ha ido escondiendo a esos violadores en pequeñas parroquias locales sin remordimiento alguno o simplemente ha tergiversado las historias de las víctimas para echarles tierra.

Por ejemplo, como lo muestra el documental Procession (2021), los supuestos hombres de Dios han sido capaces de confundir a las víctimas tratándolas de mentirosas y jugando con sus propios recuerdos. Este diabólico juego mental es solo un ejemplo más de lo perversa que puede llegar a ser la institución y ya va siendo hora de que muestre algo más que ese blando y ligero arrepentimiento. Si bien el papa ha por lo menos tomado nota y conciencia de estos actos execrables, aún falta contundencia para poner a todos esos salvajes en el lugar que merecen: la impunidad sigue siendo el pan de cada día en ese reino del señor.

Como bien lo mencionan los periodistas de El País, muchas de las órdenes acusadas “continúan siendo reacias” a este tema, y en muchos casos se han negado a abrir las investigaciones respectivas. Es más, al parecer las iglesias locales no han querido en muchos casos acatar las normas aprobadas por el papa desde 2019, haciendo evidente el poder que pueden tener en contextos específicos. Y aunque el Vaticano sigue de cerca este tema, el periodismo juega un papel preponderante para evitar que se sigan encubriendo estas historias y para despertar en las víctimas la sensación de que aún es posible hacer justicia.

Desde la perspectiva de ese creyente que creció en medio de las soporíferas misas dominicales (como muchos de nosotros), los abusos de la iglesia y su falta de compromiso con las víctimas han despertado en mí una profunda aversión a la institución. Y es que si la Iglesia sigue con ese jueguito del “no es tan grave”, no solo va a seguir perdiendo feligreses, sino también va a dejar muy claro que existe un abismo entre lo que predica y lo que hace. Esto podría terminar reduciéndola a lo que quizás ya es: un inmenso y retrógrado emporio que no sabe qué hacer con la modernidad y los cambios sociales que se le han venido encima. Ya es hora de mandar a la caneca el estúpido celibato para frenar las concupiscencias de muchos curas.

¿En qué va el tema en Colombia? Las investigaciones e intervenciones del periodista Juan Pablo Barrientos al respecto, autor de los libros Dejad que los niños vengan a mí y Este es el cordero de Dios, han demostrado con claridad que aún queda mucha tela por cortar y que en muchos casos apenas se suspenden a los curas acusados. Por fortuna, Barrientos no se ha dejado amilanar por las tutelas en su contra y sigue abanderando con seriedad la justa causa de estas personas que sufren en silencio. Los invito a manifestar su rabia e indignación con este tema aquí: #ElArchivoSecreto.

@jfcarrillog

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