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Patología social de las columnas electorales

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Juan Felipe Carrillo Gáfaro
25 de marzo de 2026 - 05:21 p. m.
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Hemos visto cómo en los últimos días, a raíz del ritmo que imponen las elecciones, las columnas de opinión se orientan cada vez más hacia los candidatos, intentando indicarnos en vano por quién debemos votar. Cada uno de nosotros (no me excluyo) pretende, desde su buena intención, conocimiento, ideología y psicología común, adecuar “en una complicada fe de categorías y símbolos”, como diría Mutis, su propia percepción de las cosas. Tiene algo de divertido leer estas columnas e intentar descifrar cómo cada columnista saca de su sombrero mágico el argumento clave para decir que fulano es el elegido, que mengano no tiene ni idea o que sutano no sabe lo que hace. Divierte ver cómo intentamos (y no me excluyo) decirles a los lectores lo que deben hacer (o no hacer) en relación con su voto, como si nuestras columnas, amparadas por la magia de la libertad de expresión en un país que siempre la necesita, fueran la verdad revelada.

Así, nos permitimos pontificar buscando sacar a los lectores de una supuesta “caverna” para que no cometan los errores de otrora. Y si estas lecturas tienen algo de divertido, lo son aún más los comentarios de los lectores, que reniegan o aceptan, según su credo, lo mencionado por los columnistas. Se teje de esta forma un diálogo silencioso entre quien escribe y quien lee, cayendo en la trampa de la polarización: esa patología social muchas veces impuesta no solo por los que nos gobiernan y quieren gobernar, sino también por nuestras rigurosas aseveraciones como columnistas.

Y no se trata de no comentar o de no analizar una postura, un discurso o el proceder de algún candidato; ni más faltaba. ¡Y mucho menos de quedarse callados! Se trata de hacerlo de la manera más objetiva posible y con herramientas suficientemente sólidas para no intentar influenciar de cualquier modo a los lectores, corriendo el riesgo de polarizar más al país. Está claro que quienes tenemos la fortuna de “opinar” en espacios como este tenemos también la responsabilidad de hacerlo con la claridad suficiente para no decirle a nadie cómo tiene que votar o cómo tiene que actuar desde su responsabilidad individual como ciudadana o ciudadano.

Todos tenemos una postura ideológica y una opinión política; todos tenemos derecho a expresarla; todos tenemos la libertad de manifestarnos. Sin embargo, no sobra tener la mesura necesaria para no hacerle más daño a Colombia polarizando al extremo nuestros postulados. Retomando en parte una idea expuesta por la columnista Catalina Ruiz-Navarro hace un par de días: no sobra recordar que en nuestro país ni la izquierda ni la derecha son tan extremas como para ir diabolizando y banalizando, desde la exageración, toda alusión a sus seguidores y candidatos. Una idea de similar tenor retoma en su columna Piedad Bonnett al mostrar rápidamente cómo la homofobia se ha evidenciado tanto en la derecha como en la izquierda.

Y de nuevo, no se trata de no tomar una posición ni de no poder compartirla. Se trata de no hacerlo desde el ego y el supuesto poder que creemos tener al escribir estas líneas. Se trata de ser más responsables a la hora de analizar y de darle al lector la libertad de reflexionar, de escoger libremente, de darse cuenta de que un país como el nuestro necesita no solo que los candidatos sean prudentes y equilibrados, sino también la sociedad que los escoge.

La lucha contra la polarización política debería ser parte de las campañas de los candidatos, así eso represente redireccionar y cuestionar su propio partido y, en muchos casos, los anquilosados y muchas veces peligrosos tiranosaurios que los controlan. La verdadera campaña debería centrarse en reducir toda esa palabrería política a propuestas reales y constructivas. La responsabilidad es conjunta si queremos un país diferente: nunca es tarde para dejar la mezquindad individual de lado, intentar acercarse al que no piensa como uno y permitir que cada uno decida de manera consciente, pacífica y sin presiones; un poco inocente mi postulado, lo sé, pero soñar no cuesta nada…

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kastriyon(czxtr)31 de marzo de 2026 - 02:26 a. m.
Para elegir al mejor candidato hay que separar el trigo de la paja y eso es cuestión de método, se debe clasificar: 1.No ha gobernado 2.GOBERNÓ 2.1.Gobernó mal 2.2.GOBERNÓ BIEN. Al final pocos candidatos quedan en 2.2. Esos son... ni Paloma ni Abelardo ni Iván clasifican en 2.2. FAJARDO SÍ. Un país sensato elige a Fajardo en primera vuelta. La experiencia importa, no podemos volver a tener portadas de revistas con la foto del presidente y el titular primer AÑO DE APRENDIZAJE... ya lo olvidaron?
Felipe(dw15k)26 de marzo de 2026 - 06:19 p. m.
Al recordar y analizar los hechos del gobierno del hoy jefe del Centro Democrático, y se comparan con los del actual gobierno, no solo hay un abismo de distancia, se puede decir que la derecha sí es extrema cuando intimidó, espió, amenazó a la oposición política y mediática, y peor, instrumentalizó a miles de ciudadanos pobres asesinados como parte de su plan de contingencia contra las guerrillas. Que el ingenuo de AUV no se hubiera dado cuenta lo que hacían sus funcionarios, es otra historia.
Oswaldo Sarmiento Ramírez(50418)26 de marzo de 2026 - 04:42 p. m.
Tiene razon, habermas lo habia planteado con la cumunicacion racional, inexistente en tiempos electorales, sin embargo, el llamado que hace es valido y pertinente para bajarle a la soberbia y egolatria de pretender tener la verdad y razon de las cosas..
JAIRO E CARRILLO(80570)26 de marzo de 2026 - 03:58 p. m.
Un problema serio es que el marketing político sugiere que es más efectivo atacar o descalificar al oponente, despertar respuestas emocionales primarias contra él o ella (ira, miedo, deseo de venganza, etc), que insistir en la bondades de la propia propuesta. Recordemos la insistencia de hace cuatro años en que nos íbamos a "convertir en Venezuela" y otras por el estilo q tenían el propósito de que los electores salieran a votar "berracos" como decía un influyente ex-presidente
Ccdaw(0kmc6)26 de marzo de 2026 - 01:54 p. m.
El orden es, primero es un objetivo, después la educación y la ejecución. Lo que necesitamos en un acuerdo sobre lo fundamental, desde Alvaro Gómez hasta hoy, hemos avanzado en definir ese objetivo: el desarrollo del país, como Oviedo y Cepeda lo han dicho. La guerra contra la cocaína es una imposición colonial y, sólo escaparemos de ella cuando nuestro desarrollo interno nos lo permita.
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