Hemos visto cómo en los últimos días, a raíz del ritmo que imponen las elecciones, las columnas de opinión se orientan cada vez más hacia los candidatos, intentando indicarnos en vano por quién debemos votar. Cada uno de nosotros (no me excluyo) pretende, desde su buena intención, conocimiento, ideología y psicología común, adecuar “en una complicada fe de categorías y símbolos”, como diría Mutis, su propia percepción de las cosas. Tiene algo de divertido leer estas columnas e intentar descifrar cómo cada columnista saca de su sombrero mágico el argumento clave para decir que fulano es el elegido, que mengano no tiene ni idea o que sutano no sabe lo que hace. Divierte ver cómo intentamos (y no me excluyo) decirles a los lectores lo que deben hacer (o no hacer) en relación con su voto, como si nuestras columnas, amparadas por la magia de la libertad de expresión en un país que siempre la necesita, fueran la verdad revelada.
Así, nos permitimos pontificar buscando sacar a los lectores de una supuesta “caverna” para que no cometan los errores de otrora. Y si estas lecturas tienen algo de divertido, lo son aún más los comentarios de los lectores, que reniegan o aceptan, según su credo, lo mencionado por los columnistas. Se teje de esta forma un diálogo silencioso entre quien escribe y quien lee, cayendo en la trampa de la polarización: esa patología social muchas veces impuesta no solo por los que nos gobiernan y quieren gobernar, sino también por nuestras rigurosas aseveraciones como columnistas.
Y no se trata de no comentar o de no analizar una postura, un discurso o el proceder de algún candidato; ni más faltaba. ¡Y mucho menos de quedarse callados! Se trata de hacerlo de la manera más objetiva posible y con herramientas suficientemente sólidas para no intentar influenciar de cualquier modo a los lectores, corriendo el riesgo de polarizar más al país. Está claro que quienes tenemos la fortuna de “opinar” en espacios como este tenemos también la responsabilidad de hacerlo con la claridad suficiente para no decirle a nadie cómo tiene que votar o cómo tiene que actuar desde su responsabilidad individual como ciudadana o ciudadano.
Todos tenemos una postura ideológica y una opinión política; todos tenemos derecho a expresarla; todos tenemos la libertad de manifestarnos. Sin embargo, no sobra tener la mesura necesaria para no hacerle más daño a Colombia polarizando al extremo nuestros postulados. Retomando en parte una idea expuesta por la columnista Catalina Ruiz-Navarro hace un par de días: no sobra recordar que en nuestro país ni la izquierda ni la derecha son tan extremas como para ir diabolizando y banalizando, desde la exageración, toda alusión a sus seguidores y candidatos. Una idea de similar tenor retoma en su columna Piedad Bonnett al mostrar rápidamente cómo la homofobia se ha evidenciado tanto en la derecha como en la izquierda.
Y de nuevo, no se trata de no tomar una posición ni de no poder compartirla. Se trata de no hacerlo desde el ego y el supuesto poder que creemos tener al escribir estas líneas. Se trata de ser más responsables a la hora de analizar y de darle al lector la libertad de reflexionar, de escoger libremente, de darse cuenta de que un país como el nuestro necesita no solo que los candidatos sean prudentes y equilibrados, sino también la sociedad que los escoge.
La lucha contra la polarización política debería ser parte de las campañas de los candidatos, así eso represente redireccionar y cuestionar su propio partido y, en muchos casos, los anquilosados y muchas veces peligrosos tiranosaurios que los controlan. La verdadera campaña debería centrarse en reducir toda esa palabrería política a propuestas reales y constructivas. La responsabilidad es conjunta si queremos un país diferente: nunca es tarde para dejar la mezquindad individual de lado, intentar acercarse al que no piensa como uno y permitir que cada uno decida de manera consciente, pacífica y sin presiones; un poco inocente mi postulado, lo sé, pero soñar no cuesta nada…