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Peores enemigos

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Juan Felipe Carrillo Gáfaro
11 de junio de 2026 - 05:44 p. m.
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Hice lo posible por mantener esta columna al margen del tema político y electoral, pero no lo logré. Es difícil tener un espacio para opinar y no hacer uso de él cuando Colombia, ese pobre país que la mayoría de nosotros amamos, se desangra en medio de la polarización. Y cuando la idea era estar unidos en torno a una elección y, de paso, a un mundial, sucede todo lo contrario porque en el fondo hemos convivido con los peores enemigos en diferentes escenarios.

El peor enemigo de la izquierda no es, como muchos lo creen, la derecha. Como lo retrata sutilmente Daniel Samper Pizano en su última columna, el peor enemigo de la izquierda resultó ser el presidente actual desde los inicios de un mandato desaliñado, incoherente y muy mal manejado en términos de imagen. Estos cuatro años han sido una decepción para todos aquellos que pensaban en un verdadero cambio social al margen de la violencia de siempre. No hay mucho que decir sobre lo que se escribe y se habla a diario en relación con este sorprendente enemigo de su propio credo. En pocas palabras, ese hombre no entendió nada de lo que se le confió, hasta el punto de seguir arruinándole el camino a cualquiera que tenga una idea tildada de “progresista”.

El peor enemigo del candidato de la enclenque izquierda no es tampoco, como muchos lo creen, el candidato de la derecha. Además del presidente, el peor enemigo de este hombre es él mismo y su extraña necedad de no posicionarse con claridad frente a los errores del actual gobierno. No solo no ha sido capaz de alejarse con contundencia de la falsa e incongruente verborrea de pseudoestadista del presidente, sino que además ha caído en la trampa de dejarse enredar con proyectos inviables en un país que siempre se ha orientado hacia la derecha. Esta falta de perspicacia y de guiños a esos sectores alejados de la filosofía marxista sorprende en alguien que, en teoría, conoce bien a Colombia.

El peor enemigo del candidato de la pseudo extrema derecha criolla no es ni la izquierda ni su candidato. Este hombre también es su propio enemigo. No solo se trata de la chabacanería evidente que su proceder denota. Ser chabacán es un estilo y, en este caso, la chabacanería ha sido apropiada de tal manera que hasta logró colarse en las “elevadas” y académicas discusiones de la política nacional el supuesto tamaño de su virilidad. Chabacanería pura y dura que roza peligrosamente con grifos de oro y una absurda y absoluta convicción de que Colombia no es un país, sino ese pedacito de la finca donde se hace fiesta, se pasa bueno y se echan tiritos al aire.

De esta manera, los peores enemigos de la sociedad colombiana en este momento no son ni siquiera la manada de grupúsculos criminales que invaden el país. Nuestros peores enemigos son ese presidente y esos dos candidatos que no han sido capaces de bajarle el tono y el ego a sus acciones, y mucho menos han logrado exponer sus planes con claridad. Si nuestros peores enemigos quisieran realmente a Colombia, bajarían un poquito esa bandera del odio y de los extremos; y no para intentar convencer a los timoratos votantes de centro, sino para replantear su visión del país.

No basta con ponerse la camiseta de la selección o sentirse abanderado de los más afligidos criticando equívocamente a una supuesta élite estudiantil para entender y querer a Colombia. El país no les pertenece ni a ellos ni a los candidatos rezagados. Colombia representa para muchos más de lo que ellos creen, y es por esa razón que su falta de altura, diplomacia y buenas intenciones nos tienen en esta peligrosa coyuntura.

Lo peor o mejor de esta historia es que los peores enemigos tienen aún la posibilidad de ayudar a ese país que supuestamente dicen querer. El presidente, quedándose callado de una buena vez; el candidato de la derecha, entendiendo que muchos colombianos no quieren vivir en una impunidad al estilo Trump; el candidato de la arrinconada izquierda, tomando partido real por Colombia y no solo por su séquito de políticos baratos. Nosotros como sociedad también podemos contribuir exigiendo un debate público entre candidatos, el cual debería ser obligatorio para una segunda vuelta.

Hice lo posible por mantener esta columna al margen de este tema por temor a seguir polarizando el país; al fin y al cabo, lo quiero, lo respeto y me duele verlo así. Por esa misma razón, como lo dije en una columna anterior, generar opinión y sentido crítico no significa decirle a la gente cómo o por quién votar. En eso creo que se equivocan algunos columnistas al darse unas ínfulas que no deberíamos tener. Voten como quieran, pero ojalá con un solo propósito a futuro: unir a Colombia en lugar de seguirla desgarrando. No tiene sentido ni vale la pena ponerse a pelear con el vecino, con el paciente, con el familiar por un presidente atravesado y dos candidatos que están muy lejos de entender lo que necesita Colombia.

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