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Salir corriendo

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Juan Felipe Carrillo Gáfaro
04 de noviembre de 2020 - 05:00 a. m.
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Nadie está exento de tener un accidente: salir de la casa y resbalarse en el andén; trastabillar al bajarse de un bus; echar reversa en el carro y pegarle a un poste; empujar a alguien sin querer; atropellar una bicicleta, lanzarla de un puente y dejar víctimas mortales. En este último caso, como sucedió hace unos días en las afueras de Bogotá, el problema no es haber provocado el accidente como tal, porque hasta donde tengo entendido nadie desea provocar un accidente y menos de esa magnitud. Lo que resulta aterrador es pensar que, en caso de haber sido consciente de lo sucedido, el conductor del camión haya huido y buscado torpemente no dejar rastro de algo que era imposible ocultar. Sin embargo, es importante dejar claro que hasta el día de hoy esto último no se ha podido confirmar.

No obstante, valdría la pena examinar las estadísticas sobre cuántas personas tienen ese reflejo de “salir corriendo” después de provocar un accidente. Y aunque no se trata de andar comparando cifras y muchos menos de decir que esto también pasa en países más desarrollados y que nada tiene que ver con nuestra cultura, creo que la falta de responsabilidad y de solidaridad hace parte de uno de los problemas centrales de la sociedad colombiana y es muy poco lo que hemos hecho para solucionarlo. Es más, nos parece casi normal que alguien intente “volarse” y cuando la persona actúa diferente (es decir, se detiene, se preocupa por el otro, asume las consecuencias de sus actos), sentimos casi agradecimiento.

Lo que viene después en esta historia es más de lo mismo y se convierte en una prueba clara del caos ético que hay en nuestro contexto: el conductor del camión no se detiene, la prensa hace énfasis en mostrar el video con cierta tendencia amarillista, y una manada enardecida de justicieros pide la cabeza del responsable porque la justicia no sólo se demora en actuar, sino que además genera una desconfianza tal que a veces es mejor no pensar en ella. Una desgracia tras otra que ni siquiera da tiempo para preocuparnos por la víctima y por su familia.

¿Por qué nos cuesta tanto asumir nuestra responsabilidad y ser solidarios? ¿Hasta qué punto nuestro sistema educativo y el respeto a ciertas normas tienen algo que ver con todo esto? La idea no es pontificar al respecto y cada caso es tan diferente como complejo de analizar. Sin embargo, sí existen patrones de conducta que nos permiten poner en duda la débil y maleable formación en valores que promueve nuestro sistema educativo; sí hay una serie de normas que no sabemos ni queremos respetar porque no somos conscientes de su importancia para vivir en comunidad. En el caso de los accidentes viales, un solo ejemplo es suficiente: se trata de la confusión que prevalece en nuestra mente en relación con las normas de tránsito.

Hoy en día, son muy pocos los que pueden responder al unísono quién lleva la prioridad en un cruce donde no hay una señal de “PARE”; apenas unos cuantos entienden lo clave que es respetar los límites de velocidad (lógicamente cuando éstos han sido colocados con criterio); sólo unos tantos han aprendido que “sacar el pase” significa aprender a respetar la vida del otro en todo sentido.

No hemos sido capaces de replantear con seriedad el debate sobre la razón de ser del código de tránsito, y su aplicación real en nuestro contexto. Nos fascina vanagloriarnos de lo hábiles que somos para manejar y no nos damos cuenta de lo fácil que es para nosotros irrespetar un semáforo en rojo, meterse en contravía, tomar la prelación en una glorieta, manejar con tragos, estar distraído con el celular, colocarse en el carril de la izquierda sin necesidad alguna, no asumir la responsabilidad en un accidente.

¿Qué pasó con el Programa de Gestión de la Velocidad (PGV)? ¿Qué se está enseñando hoy en día en las clases de conducción? ¿Qué se está haciendo para que se proteja esa vida ya bastante vilipendiada en nuestro país? Los políticos de turno y los políticos de otrora, de izquierda y de derecha, han sido incapaces de ayudarnos a salir adelante en este tema. Mientras tanto, pasan sus días defendiendo sus malas prácticas y su ligereza para gobernar. A ellos también les encanta salir corriendo.

@jfcarrillog

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Hernando(84817)04 de noviembre de 2020 - 02:04 p. m.
Excelente columna. Educar para el respeto al otro y fomentar unos valores que realmente nos ayuden a crecer como sociedad es fundamental si queremos construir un pais moderno y civilizado. Desafortunadamente, como lo señala el autor, ponemos por encima la "viveza" y la "picardía" y desde quienes "dirigen" el pais, el mal ejemplo cunde.
Julio(87145)04 de noviembre de 2020 - 12:58 p. m.
Así de sencillo señor Carrillo: somos una sociedad muy subdesarrollada, en el entendido, no en el de no poder contar con la tecnología de los países avanzados, no. El comportamiento social es el de la maña, la trampa, el vivo, ejemplarizado, además, desde las altas esferas del poder y así es muy difícil esperar solidaridad de parte de la manada. Muy difícil.
Atenas(06773)04 de noviembre de 2020 - 10:59 a. m.
Excelente columna y atinado asunto en comento. Y tal desgracia, la irresponsabilidad en muchos de nuestros actos, es otra consecuencia del despelote de este cultura, y q' se refleja en el común de nuestros actos sociales como falta de solidaridad colectiva. Amén de q' en el subconsciente prevalece la idea de ausencia de justicia. En una casa puede haber despelote, mas unos padres firmen lo frenan
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