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Esa vida virtual adictiva

Juan Felipe Carrillo Gáfaro

12 de febrero de 2021 - 02:48 p. m.

Tras un año de aprendizaje forzoso, las reuniones virtuales han tomado el control de nuestra vida. Pasamos de una videoconferencia a otra como si se tratara de algo banal, llevados por el aterrador automatismo de ese animal de costumbre que tenemos dentro. Lo que en teoría es una herramienta clave para facilitarnos la vida, nos ha terminado encerrando en un submundo que solo existe dentro de la pantalla, y mientras no tengamos otras alternativas, seguiremos capturados en él.

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Si bien es evidente la facilidad con la que es posible empezar el día y salir de muchos pendientes con un par de clics, el uso excesivo de las pantallas nos termina agotando muchas veces de manera innecesaria. Esas preguntas que antes se hacían en los pasillos terminaron convertidas en reuniones; la rigurosidad de una presentación bien hecha se redujo a un monólogo frente a un par de cámaras apagadas; el comentario inteligente y perspicaz fruto de un análisis detenido terminó reducido a una carita feliz o a un pulgar en alto en un chat desabrido e incoherente.

Como nos sigue pasando con el uso del celular, y como lo planteó hace décadas Herbert Marcuse en el Hombre Unidimensional, nos hemos convertido en una extensión de la herramienta que estamos utilizando. Ya no se trata de un medio para facilitar nuestro día a día, sino de una especie de vida virtual adictiva como lo muestra en esta imagen el artista polaco Paweł Kuczyński. En muchos casos, no estamos lejos de sentir que la pantalla nos está devorando.

El problema es que creemos que todo tiene que pasar por ahí y eso nos hace caer en la trampa de pensar que el tiempo en esos espacios es el mismo que el de la vida de antes. Y no es así: ese tiempo ha cambiado y lo que antes se hacía en ocho horas ahora debería hacerse en cuatro. Si no se piensa diferente, no será posible hacer un uso adecuado y eficaz de toda esa tecnología. No podemos olvidar lo sencillo y casi agradable que es hablar por teléfono sin tener imágenes invadiéndonos a cada momento; lo importante que es cerrar la tapa del computador a una hora normal y no volverla a abrir hasta el día siguiente; lo clave que es salir a caminar, ojalá acompañado, para darle un sentido menos virtual a la existencia.

Es entendible, por supuesto, que en esta época pocas son las alternativas para hacer algo diferente a estar metidos de cabeza en la pantalla. Sin embargo, debemos luchar de manera permanente para salir de esa lógica y no meternos más en ella. He visto como algunas familias empiezan a regalarle de cumpleaños a sus hijos menores de 8 años computadores o tabletas para que desarrollen lo mejor posible sus actividades escolares. Tiene su lógica, de eso no hay duda, pero se corre el riesgo no solo de incitar a los niños a quedarse más de la cuenta en esos espacios (en lugar de ir a jugar), sino también de seguir abriendo la brecha de la desigualdad. No se puede partir de la base de que todo el mundo tiene acceso a este tipo de tecnología y que, por ende, este debe ser el punto de partida de las prácticas pedagógicas. Escudarse en la existencia de las plataformas virtuales para en teoría “educar”, no significa necesariamente estar proveyendo una buena educación.

Ahora bien, no todo es negativo y si algún día todo vuelve a ser como antes, es probable que nos harán falta un par de cosas. Por ejemplo, levantarnos y llegar en un minuto a la reunión; apagar la cámara si queremos hacer otra cosa al mismo tiempo; enviar ese chat privado que nadie puede identificar y que puede salvar una conversación.

La idea de fondo no es ni “diabolizar” estos recursos ni endiosarlos a tal punto que tengamos que creer en ellos ciegamente. La idea es encontrar una justa medida para utilizarlos como una buena herramienta y no como la panacea a muchos de los problemas de la sociedad actual: a la soledad, a la pandemia, a la falta de comunicación entre las personas. Si logramos entenderlo así, es posible que logremos entender que los avances tecnológicos no son más importantes que nosotros mismos. Es posible que si todo vuelve a ser como antes, las personas no tengan que pasar horas enteras en las oficinas “calentando” los puestos porque así se ha hecho siempre. Es posible que todo se vuelva más efectivo, más flexible, pero no para ganar más plata, sino para tener más tiempo para las familias, para uno mismo, para volver a esas actividades sencillas que enaltecen el sentido mismo e inequívoco de la vida.

@jfcarrillog

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