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Ocurrió en una Asamblea General de Propietarios en un conjunto residencial de alto estrato.
Uno de los vecinos, con datos en las manos, pedía explicaciones acerca de la inexistencia de facturas por el uso de un millón de pesos por parte de la Sra. Administradora. Alguien señaló que si no había facturas, no era descabellado pensar que algo turbio existía. De manera inmediata, la Sra. Administradora señaló que se le estaba faltando el respeto y en ese punto se centró el debate. Jamás se volvió a hablar de la inexistencia de la factura que era el punto de interés sino de la falta de educación de quien exigía la información. Nadie volvió a atreverse a insistir en el asunto por miedo a ser tachado de incorrección.
Durante estas semanas, hemos leído hasta la saciedad las posturas acerca del horrible crimen perpetrado por dos fanáticos contra la revista Charlie Hebdo. Y se ha hablado de la libertad de expresión y de sus límites. Y han hablado todos. Tanto los que están a favor de esta libertad como los que, sin decirlo, están claramente en contra.
La libertad de expresión es el derecho que tiene todo ciudadano a decir lo que libremente piensa o a ejercer la crítica tal como le parezca. Cierto es que este derecho, como cualquier otro, no es ilimitado. En las sociedades democráticas el límite a este derecho fundamental lo marca la ley, esencialmente, imputar a un tercero una conducta deshonrosa –una injuria- o un delito –una calumnia-. Y no solamente estos, en algunas sociedades democráticas se persiguen a quienes defienden conductas terroristas, xenófobas o filonazis. No obstante, la libertad de expresión no está limitada por el hecho de que los terceros puedan “sentirse ofendidos”. O que la libertad de expresión pueda “ofender los sentimientos religiosos”. Un caricaturista colombiano no puede dejar de realizar una viñeta política contra el Alcalde Petro o contra el Procurador Ordoñez porque estos se “sientan ofendidos”.
Este ejemplo, generalmente, no suscita reacciones ofuscadas. Ahora bien, cuando los sentimientos religiosos se ven involucrados, la reacción cambia considerablemente aunque el supuesto de hecho sigue siendo el mismo. En las sociedades democráticas y seculares, no así en la mayoría de las sociedades islámicas, no existe el delito de blasfemia que leyendo según qué artículos de prensa parecerían querer reinstalar. El delito de blasfemia, que en la amplia literatura de derechos humanos señala que, más proteger derechos incita a violarlos, perjudica paradójicamente a las minorías religiosas. Y si no que se lo digan las minorías de cristianos, católicos y no católicos, perseguidos en países musulmanes donde este delito está vigente. Lo que hay que limitar no es la libertad de expresión sino el fanatismo religioso. Un fanatismo que, como todos, sólo se podrá combatir con una educación adecuada y con la creación de sociedades que permitan a todos el acceso a oportunidades. Esto ocurre cuando, lo que para algunos es pecado –como las caricaturas- se convierte en delito, no sólo para ellos, sino para todos.
Ahora bien, ¿por qué no existe este derecho a “sentirse molesto”? Pues porque uno de los principios que sustentan el estado moderno democrático, fruto de la revolución francesa y de los valores ilustrados –ilustración que no se produjo en los países musulmanes- es la tolerancia, esto es, convivir y aceptar aquello que nos desagrada. Un desagrado que sólo tiene su límite en la ley.
Y otra cuestión, que en Colombia parece ser la única y casi siempre la más importante, es la educación como cortesía. Revistas como Charlie Hebdo, o como la española El Jueves, que practican una sátira feroz contra casi todo, incluido los sentimientos religiosos, pueden ser criticables por irreverentes o por descorteses pero en ningún caso superan límite legal alguno. Tienen todo el derecho a decir lo que dicen y a escribir lo que escriben aunque a muchos, incluido yo mismo, no nos guste como lo hacen. Por eso, generalmente, no leo sus publicaciones.
En Colombia, padecemos el mal de quedarnos siempre en los aspectos formales. Lo importante es la defensa de la libertad de expresión que medios como Charlie Hebdo desarrollan, aunque a muchos no nos gusten sus formas. Por otro lado, ésta no deja de ser la misma sátira que en Europa se practicara desde el S.XVIII y que a tantos como a Voltaire o Le Breton le costaron el exilio para, precisamente, conseguir la libertad de expresión de la que hoy disfrutamos. Que no nos pase como a los vecinos de la Asamblea General de la que le hablaba al principio, la educación no puede ser un pretexto para impedir dar explicaciones, como la Administradora en cuestión, ni mucho menos, como pretenden algunos, la causa que, si bien no justifica, si torna comprensible el matar a doce personas en su lugar de trabajo.
