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Acerca de un rumor

Juan Gabriel Vásquez

21 de agosto de 2008 - 10:18 p. m.

VOLVÍ A LEER POR ESTOS DÍAS LA ENtrevista que Ángel Gurría-Quintana le hizo, hace unos tres años, a Orhan Pamuk, y esta vez me llamó la atención una respuesta que en otras lecturas había pasado por alto. Gurría-Quintana le pregunta a Pamuk cómo escoge la forma de sus novelas, si parte de una imagen o de una primera frase, y Pamuk contesta: “No hay una fórmula constante.

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Pero siempre procuro no escribir dos novelas bajo la misma modalidad. Trato de cambiar todo. Es por esto que muchos de mis lectores me dicen: Me gustó esta novela suya, es una lástima que no escribiera otras como ésta. O también: Nunca había disfrutado leyendo sus novelas, hasta que escribió ésta… Y la verdad es que detesto escuchar estas cosas”.

Hay dos tipos de novelistas: por una parte, los que escriben como Pamuk, negándose de manera casi fundamentalista a hacer en un libro lo que ya hicieron en otro; y por la otra, los que encuentran en algún momento de su carrera una voz, un método que por fin les permite escribir lo que querían escribir, y se dedican durante toda su vida a hacer lo mismo pero distinto. También de esta forma se han escrito grandes libros: Javier Marías, por ejemplo, encontró un narrador cuando escribió Todas las almas, y desde entonces no ha hecho sino explorar todas las posibilidades de esa misma voz; a Fernando Vallejo le pasó lo mismo cuando escribió La virgen de los sicarios, y todas sus ficciones desde entonces son variaciones sobre el mismo método. A ninguno de los dos, creo yo, les ha pasado lo que le pasa a Pamuk: o a uno le gustan todos sus libros, o no le gusta ninguno. Es así de sencillo.

A mí, con excepciones como las mencionadas, me suelen interesar más los escritores proteicos, los que son capaces de hablar con distintas voces, de asumir distintas máscaras. Eso es lo que hizo, por ejemplo, Joseph Conrad —El agente secreto no se parece en nada a Bajo la mirada de Occidente, y Lord Jim no se parece en nada a Nostromo—, y eso es lo que hace ahora Peter Carey, que puede contar una novela con la voz de un ladrón australiano del siglo XIX y después otra con la de una mujer editora de nuestro tiempo. La literatura tiene un costado histriónico, y en todo lector hay un espectador escondido: recostarse en la butaca y ver cómo el escritor se transforma en actor es, me parece, uno de los grandes placeres de leer ficción. De la misma manera, uno de los grandes placeres de escribirla es el riesgo; y para algunos escritores, entre los que me cuento, no hay nada tan aburrido como volver a hacer lo que uno ya sabe hacer.

¿Y a qué viene todo esto? Hace unas semanas, como sabrán algunos, empezó a correr el rumor de que García Márquez había terminado una nueva novela. García Márquez es un caso curioso: durante los primeros treinta años de su carrera, no hay dos de sus novelas que se parezcan entre sí. Era un escritor atrevido, dispuesto a sorprender a sus lectores, dispuesto a correr riesgos. Pero en algún momento, quizás a comienzos de los 90, eso dejó de interesarle, y se puso a repetir la misma fórmula, como si se hubiera cansado de arriesgar. Pues bien, al contrario de Vallejo o Marías, la repetición no le sienta bien a García Márquez, que en estos años nos ha dado sus peores libros de ficción, de Doce cuentos peregrinos hasta esas Putas tristes que no deberían tener un lugar en su obra. Y sus lectores devotos nos preguntamos si García Márquez estará dispuesto a sorprendernos como antes, o si se repetirá como lo ha venido haciendo durante demasiado tiempo.

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