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Autobiografía y colas de cerdo

Juan Gabriel Vásquez

27 de enero de 2011 - 10:00 p. m.

JAVIER MARÍAS Y UMBERTO ECO, cuyas novelas no tienen demasiadas cosas en común, sacaron el tema a relucir en una conversación reciente.

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Marías habló de los novelistas que “todavía se sienten como jueces”, para los cuales la novela debe juzgar y proponer un veredicto moral sobre la situación que presenta. Y dijo entonces Eco: “Luego está el lector que tiene la tendencia, o la mala fe, de atribuir al autor lo que piensa el personaje”. Y Marías contó cómo a él, que escribe desde hace veinte años con un narrador en primera persona, lo suelen confundir con ese narrador, y Eco dijo que también a él alguna vez le habían preguntado por qué opinaba una cosa que había dicho uno de sus personajes. Y etcétera.

No hay novelista sobre la faz de la Tierra que se haya librado del malentendido. Después del éxito impredecible de su impredecible novela La naranja mecánica, Anthony Burgess estuvo dando una serie de entrevistas en Inglaterra, y la pregunta más frecuente fue si la novela, narrada por un matón adolescente, era autobiográfica. “No, yo no soy un matón adolescente”, respondía el pobre Burgess. Después del éxito de El lamento de Portnoy (novela tan impredecible como la de Burgess), Philip Roth tuvo que enfrentarse a lo mismo. “¿Deberíamos leer sus libros como una confesión, como autobiografía apenas disfrazada?”, le preguntó cierta vez un entrevistador. “Las palabras ‘confesional’ y ‘autobiográfica’”, contestó Roth, “constituyen un obstáculo más entre el lector y la obra: fortalecen la tentación, que ya es bastante fuerte en el distraído público, de trivializar la ficción transformándola en chismorreo”.

La entrevista es de 1981. La situación —como lo dejan claro Eco y Marías— no ha mejorado mucho desde entonces, y aun ha empeorado a medida que la ficción se vuelve más trivial y los lectores se vuelven más chismosos. Por supuesto que las estrategias de varios grandes novelistas de nuestro tiempo no hacen sino contribuir al malentendido: Roth es un novelista de Nueva Jersey, de origen judío y que vive aislado del mundo en una casa de Connecticut, y su principal narrador, Nathan Zuckerman, es un novelista de Nueva Jersey, de origen judío y que vive aislado del mundo en una casa de Connecticut. Y eso por no hablar de W.G. Sebald o Javier Cercas, cuyos narradores son idénticos a sus autores. (Aunque son idénticos, claro está, en todo lo que no es importante).

Así que si usted está pensando en ser novelista, más vale que sepa lo que le espera. Si crea un personaje que se masturba todo el día, como el Portnoy de Philip Roth, se pasará la primera mitad de su vida hábil explicando que Roth no es igual a Portnoy. Si crea un personaje que tuvo una operación de próstata y quedó impotente, como el mencionado Zuckerman, se pasará la segunda mitad explicando que usted no sufre de los mismos problemas. Michael Chabon contó en cierta ocasión del miedo que tuvo al escribir Los misterios de Pittsburgh: que los lectores lo creyeran homosexual, como era su narrador. Al escribir Chicos prodigiosos, el miedo fue otro: que los lectores lo creyeran drogadicto, como era su narrador. Los dos miedos resultaron estar bien fundados.

Solución probable: dedicarse al realismo mágico. Que yo sepa, nadie le ha preguntado a García Márquez si él realmente tiene cola de cerdo.

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