Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
SAUL BELLOW VIVIÓ MUCHOS AÑOS (cosa que ya no es rara), y hasta el final de su vida publicó grandes libros (cosa que es rarísima).
Entre ellos hay una novela corta, La verdadera, una novela de talla media y ambiciones grandes, Ravelstein, y un regalo para sus lectores: la edición de sus cuentos completos, que en español publicó Alfaguara. No se trata de una recopilación al uso, por supuesto. Hacia el final de su vida, los libros de los grandes autores comienzan a incorporar su propio aparato crítico. Los autores saben que el tiempo se les acaba; de manera más o menos consciente, quieren encauzar la percepción de su obra, guiar a los lectores, hacer proselitismo. Pues bien, estos Cuentos completos traen una introducción de James Wood, el gran crítico de la generación nieta de Bellow, pero además un prefacio de Janis, su esposa, y un epílogo del mismo autor. Un texto crítico, un texto íntimo y un texto autobiográfico: la edición cubre todos los ángulos, y la labor de cualquiera que lo comente es pasar por el libro sin resultar demasiado redundante, y terminar constatando que, en el país de los cuentos lacónicos de Hemingway o Carver, Bellow se propuso hacer un cuento denso y extenso.
En su epílogo, Bellow hace una curiosa apología de la brevedad. En estos relatos, en cambio, lo primero que llama la atención es lo contrario: su vocación expansiva, incluyente, omnívora. Bellow no se niega nada; como sus novelas, estos relatos proceden por (descarada) acumulación. Sólo tres de ellos, “La bandeja de plata”, “Dejando la casa amarilla” y “Algo por lo que recordarme”, se aproximan a la idea clásica del cuento norteamericano, la que nos han dejado Fitzgerald y luego John Cheever —“Dejando la casa amarilla” tiene el aire y los ambientes de Flannery O’Connor—. Los demás cuentos son máquinas amplias y complejas, más dotadas para el análisis que para la sugerencia, para la exploración profunda de Henry James que para el apunte sutil de Chéjov, tanto así que dos de estos relatos —entre ellos “El contacto Bella Rosa”, que lleva años soportando la carga de ser perfecto— ya habían sido publicados en forma de libro.
A Bellow suele vérsele como único practicante norteamericano de la novela de ideas (Herzog es un prototipo del género). La lección de sus cuentos es que la falta de espacio no amedrenta el ámbito cósmico de sus preocupaciones. Mosby es “un fanático de las ideas”; al comenzar “El viejo sistema”, el doctor Braun está “dándole vueltas a una idea”. Igual que en el resto de Bellow, sin embargo, en estos cuentos las ideas se huelen, se ven, se tocan; las ideas son tan sensuales como pueden serlo. “Yo veía y veía y veía”, dice un narrador; en realidad, los personajes ven, pero sobre todo interpretan, y no cualquier mundo, sino uno de los más ricos en detalle físico y espectro intelectual de la ficción del siglo XX. Otro de estos narradores mira un vestido. “Las ondas en sí me parecían una especie de mensaje en cursiva”, dice. Así es: en Bellow, el mundo tangible existe para ser leído, y estos cuentos son trece lecturas. No diré que entre ellas hay más de una obra maestra. Basta confirmar que cada línea de Bellow cumple el fin que él mismo se ha trazado: no desperdiciar el tiempo del lector. Eso, en la ficción contemporánea, es el mayor elogio posible.
