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EN ENERO DE 1960, DESPUÉS DE HAber pasado las vacaciones de Navidad en su casa de Lourmarin, Albert Camus estaba listo para volver a París con su familia.
Tenía el tiquete de tren en la mano, pero en el último momento decidió aceptar la invitación de su amigo y editor Michel Gallimard, que estaba estrenando por esos días un Facel Vega. Así que despidió a su familia en la estación y se sentó en el puesto del copiloto, dispuesto a cruzar los dos días de carretera que lo separaban de París. Sabemos que había llovido mucho; no sabemos si Michel Gallimard iba demasiado rápido. El día 4, el Facel Vega se estampó contra un plátano en el Petit-Villeblevin. Hay una foto del accidente en la que se ve apenas la mitad del carro, destrozada por el impacto, y se comprende que nadie habría podido sobrevivir. Albert Camus tenía 47 años y mucho por decir todavía. Pero en ese momento no era ni por asomo la figura que es ahora, a punto de cumplirse el medio siglo de su muerte.
Es cierto que había recibido el Premio Nobel tres años antes, y es cierto que sus seguidores más fieles nunca dejaron de serlo, pero la verdad es ésa: al morir Camus, pareció que sus ideas murieran con él. No era un hombre popular entre los intelectuales franceses, cuyos comandantes —Sartre y Simone de Beauvoir— lo habían mirado siempre con mayor o menor displicencia. Después de todo, Camus había cometido el peor pecado posible: en El hombre rebelde, había equiparado los gulags soviéticos con los campos de concentración alemanes. Eso era algo que simplemente no se hacía: uno no se metía con la Unión Soviética. Sí, allí habían muerto millones de personas, y sí, las víctimas de los gulags podían ser más que las de los campos de concentración, pero la Revolución Socialista era la Revolución Socialista. Uno miraba para otro lado, porque lo contrario era hacerle el juego al enemigo. Pero Camus no podía mirar para otro lado. El oficio del escritor, según dijo en su discurso de Estocolmo, conlleva el compromiso de no mentir sobre lo que se sabe.
Camus era una especie de negativo de Sartre: donde Sartre era dogmático, Camus se afanaba por entender, no por juzgar. Mientras Sartre detestaba todo lo que no colaborara con sus ideas fijas, Camus le abría los brazos a la contradicción, a la idea de una verdad que no es monolítica. Donde Sartre, nacido en la burguesía parisina, llamaba sin complejos a la violencia para hacer la revolución, Camus, nacido en la miseria y conocedor de la violencia de primera mano, escribía líneas como estas: “A partir del momento en que un oprimido toma las armas en nombre de la justicia, penetra en el universo de la injusticia. Y es ahí donde empieza el problema”.
Por eso es tan raro ver que ahora le dé al presidente Sarkozy por embadurnarlo con honores de Estado. El traslado de los restos de Camus al Panteón tiene, por supuesto, una lógica irrefutable dentro de la relación que Francia tiene con sus escritores; pero no es Sarkozy el llamado a hacerlo. Sarkozy, el que le ha declarado la guerra al laicismo, el que todos los días desprecia los principios libertarios e igualitarios de su sociedad, el creador de un ministerio de la “Identidad francesa”: éste es el que ahora se llena la boca con Camus.
Eso es lo que tiene morirse: que uno no se puede defender de sus enemigos.
