Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
LO QUE SON LAS COSAS: TERMINÉ LA columna de la semana pasada hablando de Klaus Barbie, el carnicero de Lyon, director de la Gestapo en esa ciudad y torturador y asesino de cientos de judíos durante los años de la ocupación nazi, el hombre que pudo escapar de Europa, con la ayuda de un sacerdote católico, a través de las ratlines del Vaticano (no fue el único).
Lo ponía yo como ejemplo de la ceguera voluntaria de Pío XII y, como es lógico, me llovieron los insultos de todos los que creen todavía que ese papa sí dijo, sí hizo, sí ayudó, y lo que pasa es que fue tan discreto que no nos hemos enterado. Y el mismo domingo en que se publicó mi columna llegué, por razones que no tenían que ver con ella, a Lyon. Y me encontré con un documento curioso.
Es una carta del 29 de septiembre de 1941, y la escribe Léon Bérard, embajador del gobierno colaboracionista ante el Vaticano. El destinatario es el mariscal Philippe Pétain, jefe de ese gobierno. “Señor mariscal”, escribe el embajador, “en su carta del 7 de agosto de 1941, me ha hecho usted el honor de pedirme algunas informaciones relacionadas con las preguntas y las dificultades que se podrían presentar, desde el punto de vista católico y romano, por las medidas que su gobierno ha tomado frente a los judíos”. Se refiere al Estatuto de los Judíos, una ley de Pétain que arranca definiendo quién es judío (“toda persona descendiente de tres abuelos judíos”), luego pasa a prohibirles a los judíos casi cualquier forma de ganarse la vida, y más tarde decreta que todos los extranjeros judíos pueden ser internados en campos de concentración.
Así que no se puede decir que el Vaticano no supiera lo que estaba pasando. Y sin embargo, vean ustedes lo que dice el embajador: “Ya he tenido el honor de dirigirle una primera respuesta en que constataba que jamás se me ha dicho nada en el Vaticano que supusiese, de la parte de la Santa Sede, una crítica o una desaprobación de los actos legislativos y reglamentarios de que se trata”. ¿Se puede ser más directo? Hombre, la verdad es que sí: “Ahora puedo afirmar, además, que no parece que la autoridad pontifical se haya en ningún momento ocupado ni preocupado de esta parte de la política francesa”.
Me encanta la idea de que una ley abiertamente racista, que encierra a personas inocentes (incluidos niños pequeños) en campos de concentración, sea llamada por el Vaticano “política francesa”. Pero lo interesante es que esta carta echa por los suelos cualquier pretensión de que, como dicen los acólitos de Ratzinger, Pío XII haya condenado desde el principio el nazismo. No: Pío XII miró para otra parte. De otra manera no se entiende que el cardenal Baudrillart, principal autoridad de la iglesia en la Francia colaboracionista, haya pedido la colaboración de los franceses con la Alemania nazi sin que nadie le haya reprochado nada.
A uno le tiene que llamar la atención que no hayan sido beatificados los curas de la resistencia francesa: ni el padre Chaillet, fundador de una revista que se enfrentó desde muy temprano al nazismo; ni el abad Boursier, que fue arrestado en 1944 por las milicias de Pétain, acusado de ayudar a la resistencia y enseguida asesinado. Estos hombres no son, para Ratzinger, modelos del cristianismo. El otro, el que se quedó quieto y callado, ése sí. Ay, qué gente.
