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‘El crimen del siglo’

Juan Gabriel Vásquez

15 de julio de 2010 - 11:32 p. m.

EN LIBRA, NOVELA DE 1988, DON DELillo imagina el asesinato de Kennedy desde el punto de vista del asesino: Lee Harvey Oswald.

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Es una de las grandes novelas de las últimas décadas: un ejercicio de especulación histórica, pero también de aguda psicología, que nos lleva de la Rusia de la Guerra Fría (y nos muestra a Oswald como desertor) a Estados Unidos (y nos muestra a Oswald repartiendo papeletas del comité “Juego limpio para Cuba”). Oswald es un joven mediocre y desorientado: un débil moral, en suma. Y, como suele suceder en estos casos, en algún momento llega la realidad y lo arrastra. Una conspiración —no del todo voluntaria— entre mafiosos, agentes de la CIA, veteranos de Bahía Cochinos, confiados ultra derechistas y marxistas desconfiados, acaba poniendo a Oswald en manos de la historia. O mejor: la historia en manos de Oswald. El resultado es uno de los sucesos que hicieron volar el siglo XX por los aires.

No he podido no pensar en esa novela mientras leía, con cuatro años de retraso, El crimen del siglo. Incluso si Miguel Torres no ha leído Libra, su novela quiere hacer con el asesinato de Gaitán lo que DeLillo hizo con JFK, hacer con Juan Roa Sierra lo que DeLillo hizo con Lee Harvey Oswald. Torres le da la vuelta a un crimen que la historiografía o el periodismo han contado mil veces, y lo cuenta como sólo la novela puede contarlo. El crimen del siglo es una lección para tantos novelistas colombianos que se han contentado con repetir, en clave de ficción, lo que ya sabíamos en clave de historia; la novela es valiosa, entre muchas otras cosas, porque nos dice cosas que sólo una novela nos podría decir. En otras palabras: sin lo que nos cuenta esta novela, sin esas 350 páginas que pasamos en compañía de Roa Sierra, seríamos más pobres. No es algo que pueda decirse de muchos libros.

Buena parte del éxito del libro se debe a su narrador, una voz desenfadada y hasta campechana que recurre cada vez que quiere al lugar común, tal vez porque sabe que lo narrado es excepcional. Así, en sólo medio párrafo Roa Sierra se mete en camisa de once varas, arma rancho aparte con su vecina, se porta a la altura, da el ancho trabajando, se echa con las petacas y le saca la mano a sus obligaciones. Semejante inventario de clichés hubiera hundido otra novela; por uno de esos misterios de la literatura, El crimen del siglo no sólo sobrevive a las frases armadas, sino que se alimenta de ellas. Sólo con esa ironía, sólo con esta especie de distanciamiento brechtiano que asume Torres, podía contarse esta historia.

Así que ahí lo vemos: Roa Sierra pidiéndole plata a su madre, sintiendo el peso del fracaso cada vez que habla con su concubina, cada vez que mira a su hija de dos años. Roa Sierra visitando a un astrólogo alemán, y luego convencido de ser la reencarnación del general Santander. Roa Sierra acudiendo a Gaitán para pedirle ayuda, y recibiendo el rechazo del caudillo: “Así como vino aquí vaya y pídale cacao al gobierno”. Roa Sierra en el Salto del Tequendama, listo para suicidarse. Roa Sierra, supersticioso o desesperado, visitando cementerios nocturnos en busca de leyendas que lo salven de la pobreza.

¿Sucedió así? Eso no importa. La novela no cuenta las cosas como sucedieron: las cuenta como habrían podido suceder. Y por eso es irreemplazable.

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