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ÚLTIMAMENTE TENGO LA SENSAción de que El padrino me persigue.
Primero fue Ricardo Silva, cuya última novela, según le oí decir varias veces, tiene más de un parentesco con la de Mario Puzo. Luego fue un artículo publicado en El Malpensante sobre la serie Los Soprano, cuyo director admite en alguna parte haberse apasionado con la idea de escribir sobre la primera generación de mafiosos italianos que ha visto El padrino: la serie está trufada de referencias a la trilogía, de pésimas imitaciones de Al Pacino, de opiniones sobre la controvertida tercera parte. Pero además estaba un libro magnífico, Conversaciones con Al Pacino, que traduje hace unos años y que me dio una impresión que no se me ha quitado: Pacino es uno de los tipos más sabios que existen. Y como si eso fuera poco, Marcelo Figueras me prestó un libro de entrevistas entre Michael Ondaatje y Walter Murch, el editor de las películas. El padrino, al menos durante los últimos meses y al menos para mí, ha estado por todas partes.
Para los cinéfilos, claro, nunca ha dejado de ser así. El padrino es un clásico de verdad, de esos que seguirán viéndose cuando hayan muerto siete generaciones, y por eso es tan raro pensar en lo poco que faltó para que la película no se hiciera, o no se hiciera como la conocemos. Los productores de Hollywood no querían a Coppola para dirigirla, no querían a Pacino en el papel de Michael, no querían a Marlon Brando en el papel de Vito Corleone. Se equivocaron sistemáticamente, claro: a Brando le bastó llegar a la audición, llenarse la boca con algodón y empezar a soltar sus líneas para que todo el mundo supiera que ése era el Don; la interpretación que Pacino hace de Michael, lejos de quedarse en el papel que le había asignado Mario Puzo en la novela, se convirtió en el eje temático de la trilogía entera; y Coppola, bueno, Coppola comprendió que El padrino no era una historia de mafiosos, sino de familia. Y eso lo cambia todo.
No hay muchos ejemplos de adaptaciones al cine que superen a las novelas originales, pero El padrino es una. Y eso se debe, en parte, a que Coppola supo serle infiel al libro cada vez que se lo pidió el instinto. En la novela de Puzo, la célebre cabeza de caballo estaba fuera de la cama, frente al hombre que despierta; Coppola decidió meterla entre las cobijas de seda, y así darnos una de las escenas más memorables del cine. Otra de las escenas que a uno no se le olvidan es la de la familia entera reunida alrededor de una mesa, o el recuerdo de esa reunión cuando ya la familia ha desaparecido. Toda la potencia de la escena se debe a que el Padrino no está: lo están esperando para sorprenderlo. Pues bien, la idea original no era ésa: en la idea original, Vito Corleone presidía la comida en su honor. Pero el día de la filmación, Brando, que solía hacer estas cosas, no se apareció por el set. A Coppola le tocó improvisar sin él, y de esa improvisación sale el (magnífico) final que conocemos.
Pero quizás la infidelidad mayor sea el reclutamiento de Al Pacino. El Michael de la novela, créanlo o no, es alto y rubio; al italianizarlo, Coppola permitió que Pacino se encargara del papel, y no, pongamos, Robert Redford. Y uno puede pensar que Redford lo habría hecho bien, claro. Pero Pacino es Pacino. O mejor: Pacino es Michael Corleone. Y punto.
