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MI ÚLTIMA COLUMNA DEL AÑO 2007 hablaba de la visita de Gadafi a Madrid y París, de su campamento montado en el Palacio del Pardo, de su recibimiento con honores y de su regreso a su satrapía con los bolsillos llenos de contratos españoles y franceses.
Hablaba del caso curioso de este dictador, que en 1988 hizo estallar el vuelo 103 de Pan Am sobre Lockerbie (270 muertos) y que ahora era recibido con palmaditas en la espalda por los gobiernos europeos. Y al final mencionaba el caso de mi amigo Hisham Matar, autor de una bellísima novela titulada Solo en el mundo y víctima directa del régimen de Gadafi. En 1980, cuando Matar tenía 9 años, la oposición de su padre al régimen obligó a la familia a salir de Libia y exiliarse en El Cairo. Hasta allá llegó la mano de Gadafi en la forma de la policía secreta de Egipto: el padre de Matar fue secuestrado y desaparecido en 1990. Sus últimas palabras fueron para su esposa: “No te preocupes, volveré pronto”.
Nunca se ha vuelto a tener una certeza sobre su vida o paradero. La última carta de Jaballa Matar es de 1995; después logró enviar una grabación que es una de las posesiones más preciadas de Hisham, pero que le causa tanto dolor que en veinte años no la ha oído más de seis veces. Durante años la familia vivió bajo la convicción de que Jaballa Matar había sido uno de los 1.200 prisioneros políticos de la cárcel de Abu Salim que Gadafi asesinó en 1996. Entonces apareció otro de esos presos, y dijo haber visto a Jaballa Matar en 2002, “vivo y en buen estado de salud”. Con esa esperanza o esa incertidumbre Hisham ha montado, él solo, una campaña internacional: “Libertad para Jaballa Matar”. De manera que hace unos días, cuando las cosas comenzaban a sacudirse en Libia después de haberse sacudido del todo en Egipto, le escribí a Hisham para preguntarle cómo podía afectarlo todo lo que estaba ocurriendo. Tardó unos cuantos días en contestarme.
“Perdón por el silencio”, me dijo. “Pero, debido a la completa falta de periodistas que hay en Libia (la dictadura los ha mantenido al margen), he montado una especie de servicio de información en Londres, llamando a mis contactos constantemente, corroborando las noticias, luego dándoselas a los medios de aquí. Mi tiempo no es mío. No he dormido en tres días”. Pues bien, una vuelta por internet me confirma la importancia que ese doméstico e improvisado servicio de información ha cobrado. El martes pasado a las 7:24 de la noche el Guardian de Londres publicó: “Un amigo del novelista libio Hisham Matar ha dado al Guardian algunos detalles sobre lo que ha visto en Trípoli en las últimas horas”. Describe las calles desiertas, el ruido de las bombas, los ocho helicópteros que dejan municiones en las instalaciones militares de Khamis. Otros han dado testimonio directo sobre otras cosas, rompiendo así el cerco mediático instalado por la dictadura, dándonos una versión desde el terreno.
En cuestión de días, el trabajo de Hisham se ha vuelto imprescindible. Él dirá sin duda que lo imprescindible no es su servicio de información, sino el valor civil que se necesita para enfrentarse a un régimen como el de Gadafi, que ya ha asesinado a 300 personas. Y seguramente tendría razón. Pero a él, cuyo padre sigue perdido en las sucias tripas de la dictadura, tampoco le falta valor.
