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El amor en los tiempos del cólera puede muy bien ser la peor adaptación jamás hecha de una obra de García Márquez. Eso no es difícil, por lo menos desde un punto de vista estadístico, porque sólo unas pocas de sus obras han sido finalmente llevadas al cine.
De éstas, sólo las de Jorge Alí Triana han entregado resultados satisfactorios, y a mí me parece que la razón es muy clara: Triana ha hecho con esas obras lo mismo que ha hecho en el teatro, en sus magistrales adaptaciones de la Cándida Eréndira y de Crónica de una muerte anunciada. Y eso se define en pocas palabras: ha irrespetado el texto. La película que ha hecho Mike Newell, un director por lo demás muy dotado, ha optado por la opción contraria: una fidelidad tan ciega a la novela que casi podría hablarse de lambonería, si esa palabra pudiera aplicarse a un guión de cine. Newell recibió una de las grandes novelas de amor del siglo XX y nos devolvió un melodrama de televisión, de esos que antes se pasaban al mediodía para que lo vieran las amas de casa.
Se equivocó, como digo, en el intento de ser fiel al original, que es uno de los errores más comunes de las adaptaciones. Pero la cosa no termina ahí. Alguien me dijo una vez que de una buena novela siempre sale una mala película, así como de una mala novela siempre saldrá una película buena. Eso, a pesar de que los ejemplos abundan, no es ni puede ser una regla; es mucho mejor, aunque sea menos ingenioso, tratar de pensar en serio qué tienen en común todas esas novelas que son imposibles de adaptar al cine con éxito, o que, cuando han sido adaptadas, han dado resultados mediocres. Y no sé si ustedes hayan hecho este ejercicio, pero si uno va a ver la película y después repasa los mejores pasajes del libro, desde la muerte de Juvenal Urbino hasta el último viaje por el Magdalena, se encuentra con que el protagonista de El amor en los tiempos del cólera no es ni Florentino Ariza ni Fermina Daza. El protagonista es el lenguaje.
Y esto fue lo que no entendió el director de la película. El amor en los tiempos del cólera no es nada si desaparece el lenguaje, esa prosa adictiva, melosa, capaz de sorpresas ya no al final de un capítulo, sino al final de una frase. Mejor dicho: no es que la novela desaparezca en ausencia del lenguaje. Es que queda convertida en lo que era antes de que García Márquez la rescatara: un melodrama de televisión, de esos que antes se pasaban al mediodía para que los vieran las amas de casa (no sé si esto ya lo dije). La materia detrás de la novela es de una cursilería insoportable, cuando no declaradamente inverosímil; pero en manos de García Márquez se transforma en otra cosa, y esa transformación nunca existe en la película. Resultado: lo que en la novela es cómico o trágico, en la película es ridículo. Los diálogos que en la novela están llenos de personalidad y de ironía, en la película hacen que hasta Javier Bardem se vea torpe; el capítulo final, que en la novela es una maquinaria perfecta y terriblemente arriesgada, en la película es apresurado, inseguro, carente de toda convicción y por lo tanto incapaz de convencer.
Y ni siquiera he entrado a hablar del idioma de la película. Sólo hay una cosa más estúpida que contratar a actores de lengua española para un texto español y después pedirles que hablen en inglés, y esa cosa es contratar a actores de lengua española para un texto español y después pedirles que hablen en inglés, pero con acento latinoamericano. Hollywood, que para otras cosas representa la globalización a ultranza, en esto es de lo más provinciano que hay. La novela, por fortuna, no se da cuenta de estas tonterías. Sí se dieron cuenta, en cambio, Bardem y sus colegas, que ya están haciendo hasta lo imposible por olvidar que alguna vez participaron en semejante bodrio. Ojalá nosotros, los espectadores, lo logremos también.
