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ACABA DE APARECER EN ESPAÑA (publicada por Belacqva, la casa española de Norma) una colección de entrevistas de título más bien apocalíptico: Una especie en peligro de extinción.
La especie que se extingue es la de los escritores; los escritores entrevistados son 12, desde Saul Bellow hasta Neil Simon; y el entrevistador es Lawrence Grobel, cuyas Conversaciones con Al Pacino traduje hace un año largo. Traduciendo este libro y reseñando aquél me volví a dar cuenta de la cantidad de tiempo que le he dedicado a este género. En la reseña (y perdón por citarme a mí mismo) escribí que la entrevista es un género que causa adicción. “Los lectores de entrevistas somos adictos”, dije. “Como a todos los adictos, nos resulta difícil entender que los demás no lo sean. Pero así es: no todo el mundo es lector de entrevistas”.
Y lo repito aquí: eso me resulta difícil de entender. Aunque en el fondo quizá lo raro no es que haya amigos y enemigos de la entrevista como género, sino que el género en sí tenga la existencia que tiene. Las entrevistas están por todas partes, no hay nadie que no haya leído alguna en su vida, y su calidad va desde documentos históricos esenciales hasta basura de la más baja. Y siempre ha sido así: el 11 de mayo de 1886, la Pall Mall Gazette publicó una traducción de un artículo publicado originalmente en Le Figaro, donde, hablando de lo que entonces se comenzaba a llamar nuevo periodismo, se decía que la entrevista era su peor aportación: “Resulta degradante para el entrevistador, ofensiva para el entrevistado y aburrida para el público”. Lo cual, para ser honestos, describe varias que recuerdo haber leído.
Pero aquí me refiero a ese subgénero que son las entrevistas con escritores y a mi obsesión con ellas (o con las mejores, en todo caso: no hay nada tan triste como una mala entrevista con un buen escritor). Recuerdo haber leído, por la época en que comenzaba a escribir, la transcripción de las famosas entrevistas de Joaquín Soler Serrano con los grandes escritores del momento en lengua española: cada una de las respuestas de Vargas Llosa o de Fuentes o de Onetti o de Borges era una especie de epifanía, y parecía contener revelaciones sin cuento para un aspirante a novelista. Tal vez fue con ese libro que quedé enviciado para siempre. Después me tragué enteras las entrevistas de la Paris Review, lo más parecido a una droga dura en el mundo de esta adicción, y luego ya no salí más.
Las entrevistas que Faulkner y Hemingway dieron a la Paris Review hace medio siglo, o las de Nabokov (recogidas en esa maravilla que es Opiniones contundentes), o las de Simenon y Solzhenitsin y Yourcenar para el programa francés Apostrophes, o todas las de Philip Roth en Reading Myself and Others (como entrevistado) y también en El oficio (como entrevistador), o la que da Milan Kundera en El arte de la novela… La lista es larguísima, pero todas estas entrevistas me han dado a su manera una lección urgente sobre el oficio de escribir ficción y sobre las contrariedades, literarias pero también humanas, que esperan a quien se quiera dedicar a él. Uno vuelve a estas palabras en los malos momentos, para recordar que hasta los más grandes los tuvieron, y también en los buenos, para dar las gracias por los favores recibidos. Son voces que nos acompañan siempre.
