LO DIGO DE UNA VEZ: EL ATAQUE A Berlusconi no tiene ninguna justificación. El ataque a Berlusconi, uno de los políticos más despreciables de la escena actual, un cínico que ha llevado la hipocresía al nivel de la razón de Estado, no tiene justificación.
El hecho de que cada una de sus palabras le dé un nuevo significado a la indignidad política no suspende su derecho a la integridad física. El hecho de que uno sienta repugnancia con cada una de sus sonrisas no hace que sea aceptable reemplazar el debate con la violencia. Por eso el acto de Massimo Tartaglia debería ser repudiado universalmente: elogiarlo como héroe es una frivolidad, una tontería y un infantilismo. Y una miopía: porque la segunda víctima de su agresión, tras Berlusconi mismo, es la oposición italiana, que también recibió la estatua en la boca y también va a tardar mucho en reponerse.
Para entenderlo sólo hay que hacerse una pregunta: ¿por qué volvió a salir Berlusconi? Las imágenes le dieron la vuelta al mundo antes de que nadie tuviera tiempo de pensar en ellas: Berlusconi hablando con su gente, entre su carro y la multitud; el objeto más bien contundente que golpea a Il Cavaliere en plena cara; la cabeza calva de Berlusconi refugiándose en el interior del carro que podemos suponer blindado. A través del panorámico se ve la expresión desconcertada del presidente, la sangre que le sale de la boca, las manos que tratan de reparar el daño. Y entonces sucede: Berlusconi vuelve a salir. Se apoya en el estribo del carro y así, con la cara ensangrentada y el gesto de desorientación, mira hacia la multitud. Los medios dijeron, describiendo la escena, que Berlusconi buscaba a su agresor; a mí me parece evidente que buscaba las cámaras.
Y hay que admirarlo por eso: fiel a su talento para el histrionismo y el drama calculado, Berlusconi reconoció uno de esos momentos que hacen historia, y le sacó todo el jugo posible. Desde que esa imagen del líder violentado, víctima de un ataque irracional e imprevisible, se tomó por asalto las televisiones italianas, Berlusconi se convirtió en otra persona. Hasta el momento anterior había sido un presidente en horas bajas, cuestionado por muchos, despreciado por varios, al que sus dos aliados más acérrimos —su mujer y el Vaticano— habían dado la espalda. Ahora, por virtud de esa imagen ubicua, se convertía en un mártir. Un inocente agredido por la oposición violenta. Un demócrata víctima del terrorismo de izquierda.
Así reaccionó el periódico de su familia: culpando a los medios de la oposición de ser instigadores morales de la agresión. Y así reaccionó el mismo Berlusconi: preguntándose por qué lo “quieren mal” los italianos. En un instante y como por arte de magia pasaron a segundo plano los hechos de su gobierno: las persecuciones a los gitanos, la amenaza de hundir a cañonazos una patera llena de inmigrantes, la tolerancia o estímulo de patrullas ciudadanas al más puro estilo fascista. Esos actos con los cuales Berlusconi enfrentó a los italianos entre sí, azuzó los racismos soterrados y, él sí, instigó moralmente agresiones contra colectivos enteros, quedaron obliterados por la estatua de Tartaglia. Así que no lo saluden como si fuera un héroe. Su torpe, su intolerable ataque va a costarle caro a la oposición. Y ya le cuesta caro a Italia.