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HACE SIETE AÑOS ENTREVISTÉ A JAVIER Marías, quien para mí es uno de los grandes novelistas de lengua española, y al final de la entrevista le pregunté su opinión acerca de la curiosidad que algunos tenemos por las vidas de los escritores que admiramos.
“Más que saber nada acerca de ellos”, me dijo Marías, “habría querido expresarles mi enorme gratitud, y eso se hace casi siempre torpemente, y el que la recibe se suele quedar sorprendido, ya que la mayoría de los escritores no espera eso de sus lectores”. Y añadía: “Uno no escribe para hacer el bien, ¿verdad? Bueno, estoy convencido de que a ninguno de los que yo admiro se le ocurrió nunca semejante ordinariez. Aunque luego resulte que ellos nos hicieron mejores”.
Lo recordaba yo en estos días, después de algunos comentarios que recibí por mi columna de la semana pasada. Yo había escrito que “leer a Orwell o a Borges tiene un efecto real en nuestra vida de ciudadanos, en nuestra manera de hablar de política o de elegir presidentes”, y varios lectores se preguntaban si en realidad leer nos hace mejores.
Es uno de los debates más viejos de la literatura, que siempre ha sido utilizada por los moralistas para sus fines. Yo sigo pensando que un lector habitual, alguien acostumbrado a escudriñar en el sentido de un texto, es también alguien entrenado para interpretar la realidad y desenvolverse mejor en ella. Pero eso está lejos, muy lejos, de pensar que leer mejora a la gente.
La historia de la literatura está llena de ejemplos. Louis-Ferdinand Céline, el autor de esa maravilla que es Viaje al fondo de la noche, era al mismo tiempo un escritor de genio y un antisemita de los peores: sólo hay que leer sus cartas desde la cárcel para entender que la literatura no presta lo que la naturaleza no da. Evelyn Waugh, el autor de (por ejemplo) Vile Bodies, no sólo era uno de los grandes novelistas satíricos del siglo XX, sino que además era un católico ferviente; ninguna de las dos cosas ni su cultura ni su religión le impidieron apoyar los fascismos europeos de Franco y Mussolini, además de escribir en algún momento que Hitler era lo único que separaba a Europa de caer en la barbarie.
Por supuesto que todo lo anterior tiene un corolario: desconfíen de los escritores que dicen escribir para hacer el bien. La razón por la cual los novelistas de verdad desprecian a los predicadores baratos, como Paulo Coelho, no es, como suelen pensar los despistados, la envidia por sus millones de libros vendidos: es la conciencia, cuando se practica el oficio con seriedad, de que la buena literatura nunca ha servido para enseñar a vivir, ni para llevar el mensaje de la felicidad, y los que venden ese mensaje no son más que eso: vendedores. La literatura no da respuestas: trata de hacer las preguntas más inteligentes que pueda. La literatura no aclara las cosas: muestra que el mundo es más ambiguo de lo que parecía.
Así que no, no creo que la actividad de leer, mucho menos la de escribir, sea capaz de mejorar a nadie. Pero los libros son, como dijo Foucault en 1975, una pequeña caja de herramientas, y esa caja viene con esta advertencia: cada uno verá cómo la usa. O lo que es lo mismo, cada uno saca de los libros lo que lleve a ellos.
Y lo cierto es que en medio de todas las voces gritonas los curas, los políticos, los publicistas que nos persiguen para explicarnos cómo deberíamos vivir, la literatura es el espacio de libertad donde uno puede protegerse de esos proselitismos. Ese silencio, esa soledad, son los únicos premios que la literatura está dispuesta a dar. Y no es poco.
