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EL 23 DE FEBRERO DE 1981, POCO antes de las seis y media de la tarde, una sesión de investidura se celebraba en el Congreso de los Diputados, en Madrid.
Adolfo Suárez, presidente de los últimos años y uno de los artífices del tránsito español a la democracia, había dimitido veinticinco días antes, y ahora esperaba, sentado en su escaño, a que los votos confirmaran a su sucesor. Pero la votación no llegó a terminarse: fue interrumpida por el teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero, que entró en el hemiciclo pistola en mano, gritando “Quieto todo el mundo” y ordenando a los presentes que se tiraran al suelo. Comenzaron a obedecerle: todos menos un general, Manuel Gutiérrez Mellado, que se enfrentó a los golpistas. Tejero levantó la pistola y empezó a disparar, y ahí sí que todos se echaron al suelo. Todos, nuevamente, menos el general Gutiérrez Mellado, el presidente Adolfo Suárez y una de las principales figuras del recién legalizado Partido Comunista: Santiago Carrillo. Los tres se quedaron quietos donde estaban mientras a su alrededor silbaban las balas. Anatomía de un instante, el último libro de Javier Cercas, escarba en las razones que esos tres hombres tuvieron para arriesgar sus vidas, y al hacerlo desnuda el momento cardinal de la historia española reciente.
Antes de Anatomía de un instante, Javier Cercas había publicado ya dos novelas, Soldados de Salamina y La velocidad de la luz, donde el narrador era un hombre llamado Javier Cercas. Ese narrador compartía con el autor más de un rasgo, pero lo más interesante era lo que lo hacía único: tras el juego de máscaras, el Javier Cercas de las novelas acababa resultándole al lector tan fascinante como incómodo, y suscitando una mezcla de atracción y rechazo que sólo está al alcance de la literatura de verdad. El narrador de Anatomía de un instante también se llama Javier Cercas, pero su relación con el material que lo ocupa es distinta. Por una buena razón: Anatomía de un instante no es ficción. Soldados de Salamina era una novela sobre el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, y La velocidad de la luz era una novela sobre un veterano de Vietnam, pero en realidad las dos eran novelas sobre las reacciones, a medida que las escribía, de Javier Cercas. “Novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas”, como ha dicho incansablemente Cercas. Y aquí es donde el nuevo libro agarra el timón, da un giro de noventa grados y se aparta de todo: de lo que los lectores de Cercas esperaban, claro, pero también de lo que él mismo, con toda probabilidad, tenía la intención de hacer.
En Anatomía de un instante, Javier Cercas no nos cuenta cómo escribió la novela que tenemos entre las manos: nos cuenta por qué no escribió una novela con lo que tenemos entre las manos. El asunto, claro, es que lo hace de la manera lateral, ambigua y soslayada en que se escriben las novelas: lo hace con ojo de novelista, y con espíritu también: sin huir de las contradicciones, la subjetividad, los prejuicios, tanto de sus personajes como de él mismo. Y el resultado es un ensayo histórico de profunda erudición investigativa, de una precisión moral a prueba de balas y de una pasmosa elegancia formal. Y como si eso fuera poco, éste es un libro que no se había hecho antes. No se me ocurre un elogio mayor.
