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ACABO DE TENER EN LA MANO LA medalla que le dieron a Julio Cortázar el día de su bautismo.
Todo el mundo tiene sus vulnerabilidades, y una de las mías es esta fascinación por los objetos de otros tiempos. No tienen que ser los de un escritor que me importa: tengo un viejo encendedor que me regaló una mujer cuya vida usé en una novela; otra mujer, personaje de uno de mis cuentos, me regaló un abrigo que había sido de su marido muerto. El abrigo es demasiado grueso para el clima en que vivo, y fumar no es uno de mis vicios: ninguno de estos dos objetos me sirve de nada, y sin embargo sé que nunca me desharé de ellos, porque fueron de alguien que tuvo una historia, porque contienen un trozo de experiencia humana al que yo, que nací mucho después, no tendría acceso de otra forma.
Lo de Cortázar pasó así. Yo llevaba un buen rato queriendo conocer a un tipo llamado Carles Álvarez Garriga, cuyo nombre les suena a ustedes, si es que les suena, por haberlo leído en Papeles inesperados, esa recuperación de textos perdidos de Cortázar que apareció hace unos meses. Álvarez es el responsable de ese libro, y no por nada: es uno de los mayores expertos en Cortázar que hay ahora mismo sobre el planeta. Así que mi amigo Camilo Hoyos, que lo conocía de antes, arregló el encuentro, y acabamos encontrándonos en un café de Barcelona. Pero antes de cualquier otra cosa, antes incluso de que nos hubieran traído las bebidas, Álvarez sacó una cajita diminuta de color vinotinto y la abrió con dos dedos y explicó qué era esa medallita y dijo que cuidado, porque la cadena estaba rota. J.F.C., se leía en ella, las iniciales de Julio Florencio Cortázar. Y debajo la fecha: mayo de 1915.
Cortázar había nacido, por puro accidente, en Bruselas y en plena guerra mundial. Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando el 28 de junio; un mes más tarde ya había, si no estoy mal, dos declaraciones de guerra; el 26 de agosto, en la embajada argentina, nació Cortázar. Y en mayo del año siguiente, mientras los alemanes y los franceses se mataban por igual en la segunda batalla de Artois, el bebé Cortázar era bautizado. Luego la familia comenzó a moverse: logró pasar a Suiza antes del final de la guerra, o más bien antes de saber cuándo terminaría la guerra, y de Suiza viajó a Barcelona, donde los Cortázar vivieron un año y medio. Julio Cortázar volvió a Argentina con cuatro años y se fue definitivamente con treinta y cinco. En 1953 se casó con Aurora Bernárdez y se separó de ella en 1967. Y fue ella, Aurora Bernárdez, quien hace unos meses le regaló a Álvarez la medallita de bautismo que yo vi en un café de Barcelona.
De manera que la medallita ha pasado, como mínimo, por 95 años y cinco países de dos continentes. Ha cruzado dos veces el Atlántico. Ha sobrevivido a incontables mudanzas, y las mudanzas, como lo sabe cualquiera que les tenga cariño a los objetos, son hoyos negros donde todo se pierde. Y yo no dejo de pensar en eso, en la cadena de cuidados o casualidades que hubo de darse para que la medallita llegara a mi mano. Y si además la medallita estaba por ahí mientras un tipo alto de manos largas tecleaba El perseguidor, por ejemplo, o el capítulo 28 de Rayuela, pues uno no puede sino sentir un cierto pasmo. Aunque sea tan difícil que los demás lo entiendan.
