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HACE UNOS MESES, EN EL CURSO DE una conversación sobre cualquier otra cosa, Anne McLean me habló del día en que le vendió un libro a Michael Ondaatje.
Anne, como quizás sabrán algunos, es una de las mejores traductoras de literatura en lengua española, pero en ese año de 1987 atendía una librería independiente de Toronto: Book City, en la calle Yonge. Michael Ondaatje era ya para ese momento uno de los grandes escritores canadienses, a pesar de que no nació en Canadá, sino en Sri Lanka, y acababa de publicar una novela extraordinaria: En una piel de león. Anne ya había leído y admirado la novela. Había leído y admirado la poesía de Ondaatje. Había leído y admirado Coming Through Slaughter, novela de 1976 que inexplicablemente se tradujo como El blues de Buddy Bolden, y Cosas de familia, ensayo semiautobiográfico de 1982. Pero ese día no se lo dijo a Ondaatje: se tragó su admiración y, muy profesional, se limitó a venderle el libro que él quería. Era Sobre el boxeo, el ensayo de Joyce Carol Oates. Ondaatje se despidió y se fue, y Anne se quedó con las ganas de tener la novela firmada. Se dijo: “Habrá que esperar a la próxima novela”. Y sólo entonces cayó en la cuenta de que Michael Ondaatje era uno de esos tipos que publican cada cinco años.
Y así fue: cinco años después, en 1992, apareció El paciente inglés, la novela que ejerció sobre Michael Ondaatje esa transformación frívola pero nada despreciable: de ser un gran escritor, pasó a ser un gran escritor famoso. Supongo que en ese momento algún librero joven de alguna ciudad del mundo le vendió un libro a Ondaatje, fue demasiado tímido como para pedirle un autógrafo y se dijo: “Habrá que esperar a la próxima novela”. Pues bien, la próxima novela tardó no cinco, sino ocho años: El fantasma de Anil. Y la siguiente, que también es la última, siete años más: la estupenda y desconcertante Divisadero. No hay oficio más inexacto e impredecible que la escritura de novelas, y por eso la pregunta siguiente es absurda, pero aún así se la hice a Ondaatje hace poco menos de un año: ¿Qué sucede entre dos de esas novelas? En menos palabras: ¿por qué la demora?
Sobre su respuesta, que tiene que ver con una cuestión de método, escribí otra columna por esa época. Lo que no escribí, sin embargo, es que la razón también radica en las otras caras de Ondaatje: el éxito estratosférico de El paciente inglés —jalonado, claro, por la máquina-de-ganar-premios que fue la película de Anthony Minghella— puede hacernos olvidar que Ondaatje ha sido siempre un curioso sin redención, además de un artista de muchos talentos. Comenzó como poeta y nunca ha dejado de escribir buena poesía (véase Las obras completas de Billy the Kid o Escrito a mano). Es un apasionado perdido del cine y tiene un maravilloso volumen de conversaciones con Walter Murch (el editor de Coppola, entre otros). Escribió un libro sobre Leonard Cohen. Ha adaptado al teatro varios de sus propios libros. Junto con su mujer, Linda Spalding, edita en Toronto una de las revistas más interesantes del mundo: Brick. Etcétera. Etcétera. Etcétera.
Ondaatje estará —con todas sus caras— en el Hay Festival de Cartagena. Si lo ven por ahí, almas caritativas, pídanle que le firme un libro a Anne McLean, antigua librera canadiense. Será la buena acción del día.
