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"IDEAS PARA UN PAÍS MEJOR", SE TItula el especial de la revista Semana que por estos días debería ser leído y juiciosamente considerado por todos los que en este país tengan un poco, así sea un poquito, de poder.
Pero el poder en Colombia no está bien distribuido: suelen tenerlo los que no saben para qué sirve, y en cambio no lo tienen muchos de los que mejor lo usarían. Yo no logro imaginarme a más de dos puñados de congresistas capaces de leer el documento entero y dedicar un cierto tiempo a pensar cómo llevar a cabo las propuestas más urgentes, y también las que, sin ser urgentes, son importantes. Y mi escepticismo no se debe sólo a las exigencias imbéciles de esos puestos, que acaban obligando al congresista a delegar la lectura del artículo a un asistente de segunda para recibir, al cabo de treinta minutos, un resumen chapucero que les quita a las ideas originales cualquier fuerza o perentoriedad que hubieran podido tener. No: me refiero a la mediocridad intelectual de los que en este país toman decisiones. Y eso sí que no sé cómo se arregla.
La pertinencia del especial de Semana se puede medir, o la pude medir yo, de la siguiente manera: propuse una idea y, tan pronto como leí la revista, quise haber propuesto otra distinta. Yo hablé de la urgencia de legalizar la droga, una idea que me obsesiona de un tiempo para acá, y más ahora que un referendo en California podría transformar de manera irrevocable la gigantesca y costosa fantochada que llamamos “guerra contra las drogas”. Pero luego me dio mucho gusto que tanta gente hablara de la educación (que es el verdadero problema de este país), porque me di cuenta de que ni la legalización de las drogas ni ninguna de las propuestas más interesantes que leí son viables sin una educación universal y de calidad, sin un aprendizaje del arte de la vida en democracia y de la actividad más difícil del mundo: pensar por uno mismo.
El problema es que, cuando se habla de educación en Latinoamérica, se suele hablar exclusiva y casi excluyentemente de educación universitaria. Y eso, me parece, es errar el tiro. Hace unos días conocí en Bucaramanga a Fernando Savater, que ya me parecía una de las personas más sabias del planeta antes de conocerlo, y lo oí hablar del absurdo que es volcar tantos recursos a las universidades, siendo que un universitario no aprende nada de importancia si no lo ha aprendido en el bachillerato, y un bachiller no aprende nada de importancia si no lo ha aprendido en primaria. Es posible que lo cite mal (espero, por lo menos, no malversarlo), pero Savater venía a decir: es inútil invertir millones en universidades si descuidamos a los más pequeños como los estamos descuidando. Yo seguí más o menos de cerca los logros del último Ministerio de Educación, uno de los pocos que sacaron la cabeza en la administración Uribe, pero sé que todavía queda mucho trabajo por hacer.
“La educación no es la panacea”, me dijo el otro día un escéptico cuyo nombre me guardo. Pues yo creo que sí: que sí es la panacea. No puedo hacer el inventario de todo lo que se lograría con una educación primaria que tuviera, por lo menos, la misma categoría que la universitaria, pero imagino un país en que los congresistas del futuro se lean el artículo de Semana hasta el final. Todo lo demás es ganancia.
