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HACE UNA SEMANA, EN EL HAY FES- tival galés, Gore Vidal hizo la que —me temo— será una de sus últimas apariciones públicas. Yo lo vi desde lejos, en un teatro inmenso, y lo que me queda de esa conversación es el contraste violento entre las facciones de Vidal, que podíamos ver ampliadas en una pantalla, con sus opiniones.
Vidal tiene 82 años, anda en silla de ruedas por problemas de rodillas y su voz ya está bastante desgastada. Pero sus opiniones siguen teniendo la misma mezcla de elegancia y contundencia que encontré la primera vez que lo leí en serio: en los ensayos políticos de The Last Empire, un libro del 2001 que ahora resulta angustiosamente profético.
Gore Vidal es parte de una generación de liberales que está a punto de extinguirse en Estados Unidos. Uno de ellos, por ejemplo, es Edward Kennedy, el senador que hace poco tuvo una crisis de salud y es uno de los poquísimos políticos respetados por los dos partidos (la historia latinoamericana lo conoce, entre otras cosas, por haber hecho la invitación que le permitió al poeta Heberto Padilla salir de Cuba después de las persecuciones de Castro). Vidal también tuvo en algún momento la tentación de la política, pero fue derrotado en las elecciones para el Congreso. Lo cual, ahora lo sabemos, fue una suerte, pues es desde fuera de la política que Vidal ha hecho su mejor papel: el de crítico durísimo de la democracia de su país. Sus novelas —Lincoln o Burr— son versiones ficticias muy rigurosas pero muy convencionales de la historia norteamericana; en sus ensayos es todo menos convencional.
La mejor descripción de la carrera de Vidal la dio él mismo, cuando habló en uno de esos ensayos del placer que le daban las “palabras más bellas de la lengua inglesa”: “Yo te lo dije”. Eso ha hecho él durante sesenta años: tomarle el pulso al gran enfermo permanente que es su país para años después verse obligado a recordarles a los demás que todo esto él ya lo había anunciado. Un ejemplo es lo que escribió en enero de 2001 sobre el recién elegido gobierno de Bush: “Antiguamente Secretario de Defensa, Cheney ha dicho que muy poco dinero se destina ahora al Pentágono, aunque el año pasado recibió 51 por ciento del presupuesto discrecional. Podemos esperar una o dos guerras pequeñas para que el flujo de asignaciones militares no se detenga”. Por supuesto que las guerras no fueron pequeñas; pero en lo demás, Vidal acertó de lleno.
Por eso es, en parte, que el sábado la gente lo escuchaba con tanto interés. En medio de sus aires provocadores, en medio de su humor cortante, de vez en cuando suelta una frase que suena a advertencia. “John McCain es el bobo del pueblo”, dijo. Y cuando le preguntaron por el heroísmo de McCain durante la Guerra de Vietnam, Vidal dijo: “McCain dejó que su avión se cayera, lo hicieron prisionero y luego se pasó unos meses tratando, sin éxito, de huir. ¿Qué tiene de heroico eso?”. Ésta es la parte provocadora. “Obama será el próximo presidente”, dijo. ¿Será ésta la parte profética?
Lo importante, me parece, no es eso, sino el desencanto con que lo dice. Después de Bush, la democracia de su país es otra cosa. En una entrevista que se publicó ese mismo sábado, Vidal decía: “Este país está acabado. Pero con una nueva república como ésta, si uno no pudo estar al principio, lo único que le queda es estar al final”. Tal vez eso es lo que estamos presenciando: el final de los ideales de 1776, encarnado en la legalidad de la tortura, el desprecio por el Hábeas Corpus y el destrozo en general del Bill of Rights. Pero ojalá Vidal se equivoque.
