5 Feb 2010 - 3:23 a. m.

Los informantes de Uribe

ENTRE LAS MUCHAS PÉSIMAS IDEAS que ha tenido Uribe, la de los informantes (estudiantes de Medellín o taxistas de Cali) es quizás la peor.

El problema no es sólo que la creación de grupos de informantes ponga a la sociedad civil a cumplir con obligaciones que sólo tiene el Estado, y para las cuales los civiles le pagamos, para las cuales tenemos Estado. El problema es que en una sociedad como la colombiana, donde la violencia comparte cama con la falta de recursos o la franca pobreza, pagar plata a la sociedad civil para que señale al enemigo es invitar al desorden. Lo supo Uribe, artífice de las Convivir, cuando esa organización acabó entroncándose con el paramilitarismo. Y lo sabe Uribe, bajo cuyo mandato estalló el escándalo de los “falsos positivos”: y no hay que ser muy inteligente para encontrar analogías entre los “falsos positivos” y los sistemas de informantes que ahora pretende imponer. ¿Tan corta es su memoria? ¿O lo corto es su talento para las analogías?

Sea como sea, la propuesta de los informantes tiene a mucha gente angustiada, y con razón, porque el asunto trae incómodas memorias. (Pero la memoria y Uribe, ya lo hemos visto, no se llevan demasiado bien.) Y sí, tal vez es mucho pedir que Uribe se haya preocupado por investigar sobre los antecedentes históricos de su idea; pero si lo hubiera hecho, se habría encontrado con que el siglo XX está plagado de ejemplos de que estas cosas no funcionan. En cada uno de ellos, los sistemas de informantes han erosionado la vida social a largo plazo y de formas bastante duraderas, aunque a corto plazo parezcan producir resultados. Lejos de promover la solidaridad con la que Uribe se llenaba la boca hace unos días, los sistemas de informantes han generado siempre desintegración moral, cubierto con un cariz legal lo que no es más que una venganza privada, puesto a la población civil en riesgo y producido graves víctimas colaterales.

Así ha sucedido tanto a la izquierda como a la derecha. Lo que pasa, claro, es que para aprender las lecciones de la historia hay que estar en contacto con ella, y este presidente con orejeras nunca ha considerado la posibilidad de que parte de su trabajo sea mirar más allá de su nariz. No es probable entonces que Uribe sepa cuántas desapariciones se debieron a informantes equivocados (o simplemente malintencionados) en la Argentina de Videla. No es probable que conozca las vidas arruinadas por culpa de los informantes en la Alemania de la Stasi. No es probable que recuerde el clima de paranoia insoportable y el brusco aumento de suicidios que hubo en los Estados Unidos de McCarthy. No es probable que sepa de las listas negras que el gobierno colombiano diseñó en los años cuarenta, a instancias de la Embajada de Estados Unidos, para controlar a los propagandistas o simpatizantes nazis, y que acabaron amparando arbitrariedades que se llevaron por delante más de un inocente.

Pero tal vez éstas sean consideraciones demasiado abstractas: en siete años y medio hemos visto que Uribe no es un presidente que se pare ante cuestiones éticas o morales. Para Uribe, el fin justifica los medios. Pero ya lo decía el escritor RH Moreno-Durán: “El fin justifica los medios” es una frase sin principios.

Eso, principios, es lo que siempre le ha faltado a este gobierno.

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