HACE UNOS DÍAS, EN UN LIBRO QUE me prestó Marcelo Figueras en Buenos Aires, leí una anécdota sobre las formas curiosas que tiene el azar de entrometerse en el arte, y se me quedó inevitablemente en la cabeza.
El poeta WH Auden había escrito el verso “The poets know the names of the seas” (“Los poetas conocen los nombres de los mares”), pero cuando el cajista mandó el poema, el verso llegó convertido por error en “The ports know the names of the seas” (“Los puertos conocen los nombres de los mares”). Sólo hay una letra entre “poets” y “ports”, así que la errata era explicable, y hubiera podido corregirse fácilmente. Pero a Auden le pareció que la errata era mejor que el original, y decidió conservarla.
La literatura, o sus entretelones, está llena de estas cosas. Edward Albee, por ejemplo, cuenta en una entrevista que en 1953 ó 1954 estaba tomándose una cerveza en un bar de Manhattan. En el sótano colgaba un espejo gigante donde la gente se había acostumbrado a escribir grafitis, y esa noche alguien había escrito, con jabón, esta frase meramente ingeniosa: “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”. Era, por supuesto, un juego de palabras con la conocida frase del conocido cuento para niños: “Who’s afraid of the big bad wolf?”, o bien “¿Quién le teme al lobo feroz?”. Luego Albee comenzó a escribir una obra de teatro sobre el miedo que tenemos los seres humanos a vivir sin falsas ilusiones, y aquel juego de palabras meramente ingenioso se convirtió poco a poco en la metáfora de ese miedo. Y con el tiempo se ha convertido, bueno, en una contraseña del malestar contemporáneo.
En la biografía de James Joyce que escribió Richard Ellmann se cuenta una escena que debió de ocurrir hacia 1932, más o menos. Samuel Beckett era para ese momento un joven de 23 años, y llevaba ya un buen tiempo frecuentando la casa de Joyce, a quien admiraba, y Joyce, que sufría a menudo de problemas de vista, llegó a pedirle un par de veces a Beckett que tomara dictado de Finnegans Wake, su novela más ambiciosa. En medio de uno de esos dictados, alguien golpeó a la puerta, y Joyce dijo: “Pase”. Beckett, que no había oído los golpes, copió la palabra en el texto de la novela. Cuando revisaron la página, Joyce se quedó pensando un rato y luego dijo: “Déjelo”. La palabra está ahí, en el texto definitivo de Finnegans Wake, y ya debe de haber dado lugar, entre quienes no conocen la anécdota, a mil interpretaciones críticas.
Uno siempre cree, o necesita creer, que tiene un cierto grado de control sobre su material, que las cosas en la escritura de creación suceden porque uno así lo manda. Pero cualquiera que se dedique al oficio de contar cosas que nunca pasaron, cosas, por lo tanto, sobre las cuales tiene completo dominio, sabe que ese dominio es a veces la mayor de las maldiciones, porque puede suceder que los mejores momentos del producto terminado no hayan sido fruto de nuestro esfuerzo o nuestra dedicación o nuestro ingenio, sino de la casualidad. Que los poetas conozcan los nombres de los mares es apenas una observación banal, redimida por el ritmo y el oído de Auden; que los puertos los conozcan es una imagen irreemplazable, llena de la soledad y la melancolía que hemos llegado a identificar con el poema.
Pero claro, había que ser Auden para darse cuenta.