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Mañana comenzó hace diez mil años

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Juan Gabriel Vásquez
12 de noviembre de 2010 - 02:56 a. m.
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EN MI LUGAR DE TRABAJO ESTÁ siempre visible una frase de William Faulkner, maestro de los novelistas latinoamericanos, que en Intruder in the Dust escribió: "Ayer no terminará sino mañana, y mañana comenzó hace diez mil años".

He estado pensando en esto ahora que se habla tanto de historia, de nuestro pasado común latinoamericano. ¿Qué somos, en qué nos hemos convertido los latinoamericanos, doscientos años después de eso que llamamos Independencia? O bien: ¿cuándo comenzó mañana?

En 1900, Rubén Darío, que ya llevaba unos cuantos años sublevando la poesía en lengua española, llegó a Francia con la firme intención de consagrarse definitivamente, convencido de que, así como los santos se hacen en Roma, los poetas se hacen en París. La poesía francesa lo había alimentado, y él había sabido usar esas contaminaciones para renovar la poesía latinoamericana, para ponerla a dialogar en la misma mesa con Baudelaire o Verlaine, y esperaba que París reconociera su valía. Siete años más tarde, sin embargo, ya había comenzado a aceptar su rotundo fracaso. La mejor explicación del fracaso la dejó por escrito Valéry Larbaud. A los poetas latinoamericanos, dijo, “no les pedimos poemas del Barrio Latino ni notas que dejen comprender que han sido escritas en la terraza de un café a la moda del bulevar. Exigimos de ellos las visiones de villas tropicales, blancas y voluptuosas ciudades de las Antillas, villas de conventos en el corazón de los Andes negros, avenidas acariciadas por ráfagas de aire tibio de México y Buenos Aires; la vida de estancieros y gauchos, una bella silueta de vaquero de las provincias fronterizas de la República Argentina, y por lo tanto, el espectáculo de la naturaleza, la nota exótica, la tristeza, la melancolía”.

Larbaud dio carta de identidad a un conflicto que define nuestra identidad latinoamericana: la distancia que se abre entre lo que somos y lo que los demás quieren que seamos. Larbaud demostró, además, que ese conflicto tiene lugar en la literatura. Sesenta años después, una extraordinaria novela colombiana se convirtió en la cifra y el símbolo de esa América Latina que esperaba Valéry Larbaud. Cien años de soledad definió y encarnó América Latina para generaciones enteras de lectores en todo el mundo, y tiene el lugar que merece; pero ahora sabemos que hay otras Latinoaméricas, una según Onetti, una según Vargas Llosa, una según Fuentes y otra según Cabrera Infante, una según Ricardo Piglia, una según Roberto Bolaño, una muy rara según Juan José Saer e incluso una Latinoamérica donde, como en algunos libros de Borges o Cortázar, Latinoamérica no aparece. De manera que pensar en el pasado de América Latina es pensar que su construcción es (también) trabajo de nosotros, los novelistas, y que las nuevas novelas latinoamericanas deberán ampliar o actualizar la comprensión que los lectores de todo el mundo tienen de América Latina.

Y eso es lo que busco en los mejores libros latinoamericanos: versiones de lo que somos, posibilidades de ser que no coincidan con lo que los demás quieren que seamos. “Yo no tengo que ser lo que ustedes quieren que sea. Yo soy libre de ser quien yo quiero ser”. Esto lo dijo uno de los grandes filósofos del siglo XX: Mohammed Ali. Hubiera podido estar pensando en nosotros.

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