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HACE UN PAR DE DÍAS, EN UNA DE las ruedas de prensa más exóticas que me haya tocado ver (pero este gobierno, ya se sabe, es un gobierno de exotismos), el Presidente mostraba unos videos y unos libros de registro para responder a ciertas acusaciones.
Ya se me ha olvidado casi todo ese espectáculo mediático, menos una frase, la frase con la cual terminó el Presidente uno de sus turnos en el micrófono: “Hay que tomar decisiones basados en hechos, no en revelaciones de prensa”.
Es un pequeño asalto más en una de las peleas tradicionales de este gobierno: la que se da entre Uribe y los medios. Un amigo a quien respeto mucho, a pesar de que no compartimos prácticamente ninguna idea política, me resumía la otra vez su diagnóstico de la situación colombiana: Uribe tiene a todo el pueblo a su favor y a toda la prensa en su contra. La idea subyacente, aunque mi amigo no la pusiera en tantas palabras, era que el pueblo es el que vota, y así el pueblo tiene la razón y la prensa se equivoca. En realidad, decir que toda la prensa está contra Uribe es cuando menos una exageración, porque pocos presidentes han recibido tanto el favor de los medios. Pero lo importante es la percepción de que los periodistas están ahí para torpedear al Gobierno, y son, por lo tanto, los enemigos. Y eso no puede ser bueno.
La verdad es que la prensa siempre ha incomodado a Uribe. Los periodistas tienen opinión, y la dicen. Los periodistas no se atienen “al mensaje”. Los periodistas hacen revelaciones. Todo eso retrasa el funcionamiento del Gobierno básicamente por una razón: éste es un gobierno que no es capaz de mover un pie si el Presidente no está de cuerpo presente. Uribe se siente obligado a ir a la sala de prensa para dar ruedas de prensa cada vez que se entera de un ataque por la prensa y tiene que defenderse de la prensa. Y así, claro, los días se le van en nimiedades. Eso es grave, pero más grave es que el Presidente, cada vez que la prensa hace eso que él llama “revelaciones”, se sienta atacado por el enemigo. Y no: al contrario de lo que piensa la Casa de Nariño, los periodistas no son el enemigo.
O tal vez exagero, y en realidad la palabra “enemigo” sea demasiado fuerte. Pero está claro que, para la Presidencia, el periodismo no funciona bien así como está funcionando, y hay que reformarlo. Por eso se redactan manuales desde la Secretaría, y por eso se regalan esos manuales a las facultades de periodismo: para que los periodistas sepan que Patria se escribe con mayúscula. Y por eso hay que aclarar que las decisiones en este país no se toman basadas en revelaciones de prensa: Uribe quiere decirles a todos los colombianos que la prensa no es de fiar, que no hay que creer las cosas que allí aparecen. Aquí se gobierna basándose en hechos, no en noticias. ¿Pero cómo se enteran quienes toman las decisiones de los hechos? Uribe no nos lo explica.
Lo curioso es que la idea —vale decir: la opinión— que tiene la Presidencia sobre el periodismo parece ser contagiosa. Hace unos días la Corte Suprema de Justicia (que por esta época no es sospechosa de estar del mismo lado de Uribe) pedía en un comunicado que los “formadores de opinión” cumplieran “el deber constitucional de ofrecer información veraz e imparcial”. Para mí, “formadores de opinión” son tres palabras para decir lo que cabe en una: columnistas. Y la opinión, como lo sabe cualquiera que agarre un diccionario, no es imparcial: es parcial, subjetiva, personal. Y por eso puede ser molesta.
Al menos en esto último están de acuerdo la Corte y el Presidente.
