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HACE UNOS TRES MESES ME ESCRIbió Isabelle Gugnon, la traductora al francés de Historia secreta de Costaguana, que por esos días estaba terminando el primer borrador de la novela.
Isabelle es una de las mejores de su oficio, y como prueba bastaría citar el éxito con que ha sobrevivido a un libro tan extraordinario como difícil: La velocidad de las cosas, de Rodrigo Fresán. Desde que empezó a trabajar con mi libro, Isabelle me ha escrito con frecuencia: ha querido aprovechar que yo mismo he traducido algunos libros del francés, y que por lo tanto conozco de primera mano los problemas a veces absurdos, a veces inhumanos, en que puede meterse un traductor.
En su último correo, Isabelle me decía: “Estoy metida en las muertes de los embajadores colombianos en Washington. ¿Es a propósito que haces morir a José Vicente Concha poco después de 1902? Porque en su biografía leo que fue presidente de la República en 1914. ¿O se trata de otro?”. Le dije que no se trataba de otro: el único José Vicente Concha que había sido embajador en Washington, y que en esa calidad había participado en las negociaciones con Estados Unidos sobre el canal de Panamá, era el mismo que había sido presidente de Colombia en 1914. No sólo eso: murió muy lejos de Colombia (siendo embajador en Roma) y mucho después de 1902 (en 1929). “Perdona estos caprichos”, le escribí a Isabelle. Pero en realidad la cosa no tenía nada de caprichosa.
Uno de los temas de Historia secreta de Costaguana, por lo menos a nivel histórico, es la manera en que la situación de Panamá y su canal envenenó la vida del país, quizás de formas que todavía no hemos llegado a comprender. Pues bien, yo quise, amparado en mi poder arbitrario y absoluto de novelista, reflejar esas circunstancias haciendo que la muerte o la enfermedad o la desgracia se ensañaran con todo el que tuviera algo que ver con el canal. La muerte de José Vicente Concha en 1902, justo después de ser retirado de la embajada en Washington, es parte de esa metáfora, y así se lo expliqué a Isabelle. Lo que no le expliqué fue que no era ella la primera en hacerme esas preguntas; otros me las han hecho, y muchas no han sido ni siquiera preguntas, sino reclamos, y a veces indignados. “Piense que los estudiantes van a leer su novela y van a quedar con informaciones equivocadas”, me escribió una vez un profesor. “Y eso va a ser su culpa”.
A mí nunca dejará de sorprenderme que los lectores de novelas ignoren todavía la regla más elemental del género: la libertad. A ese profesor le escribí que yo no hago novelas para dar información: quien quiera información, que busque en Wikipedia. Las novelas piensan la realidad de una manera que no encontramos en ningún otro producto humano, y por eso se pueden permitir la distorsión, la exageración, el anacronismo y la mentira. En cierta ocasión, un lector notó que el lago Gatún, por cuya orilla camina un personaje de mi novela en 1902, sólo fue construido en 1907. Le dije que eso era cierto; pero que de todas formas mi novela es narrada a partir de 1924 por un personaje que hace referencias a Pedro Páramo y Cien años de soledad, novelas de 1955 y 1967 respectivamente. Así las cosas, mover un lago cinco años para darle a mi pobre tipo un lugar donde caminar me pareció, sinceramente, lo de menos.
