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Nuestros muertos prematuros

Juan Gabriel Vásquez

20 de septiembre de 2008 - 12:42 a. m.

NO HABÍA YO ACABADO DE LEER LA columna de Héctor Abad sobre los escritores suicidas cuando me enteré, por un periódico español, del suicidio de David Foster Wallace. Tenía un historial de depresión, y alguna vez les había pedido a sus amigos que lo recluyeran porque no se sentía capaz de luchar contra sus tendencias suicidas, pero aun así su ahorcamiento ha sorprendido a la gente.

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O por lo menos me sorprendió a mí: no he leído ese mamotreto de culto con el que se le identifica, La broma infinita, pero sus crónicas sobre el tenis o sobre los cruceros son tan vitalistas y despiertas y agudas y mordaces que nadie las tomaría por los textos de un suicida en potencia. Pero claro, tal vez sea una idiotez pensar que un suicida no pueda ser al mismo tiempo despierto y vitalista.

El asunto es que llamé, dos días después del suicidio, a mi amigo Rodrigo Fresán, en parte porque no conozco a nadie más que haya sido capaz de llegar a la página 1.104 de La broma infinita. Y me contó Rodrigo que acababa de entrar en la página web de Amazon, por curiosidad, y se había encontrado con que la novela estaba en el número 16 del escalafón de ventas. Esto, si usted no sabe cómo funciona el sistema de ventas de ese monstruo que es amazon.com, quiere decir que en ese momento se estaban vendiendo en todo el mundo miles de ejemplares de La broma infinita, o quizá decenas de miles. Lo cual debería alegrarlo a uno, supongo, aunque sólo fuera por el hecho de que el público lector se estuviera arrojando en masa sobre una novela tan ambiciosa y tan poco complaciente. Pero es difícil no pensar al mismo tiempo en otras cosas menos optimistas.

Pensar, por ejemplo, en esa relación curiosa que hay entre la muerte prematura de un artista y esas dos palabras incómodas y antipáticas que son la fama y el éxito. Pensar, por ejemplo, en lo que estaba pensando la persona que sólo se lanza a comprar La broma infinita cuando se entera de que Wallace se acaba de suicidar. Pensar o tratar de pensar en las razones de ese culto (no sé si exagero con esta palabra) que envuelve a quienes mueren jóvenes, y pensar que todo eso ya lo previó Homero cuando mató a Aquiles.

No sé si haya en nosotros algo de esos arquetipos griegos que veneraban la muerte de un joven, que preferían una vida corta y heroica a una vida larga y banal, y que transmitían esa preferencia, esa ética de vida, a sus hijos y a sus nietos. Nosotros somos tal vez esos hijos y esos nietos, y por eso compramos La broma infinita cuando nos enteramos de que Wallace se acaba de ahorcar.

Los muertos jóvenes, los muertos inoportunos —si es que existen los muertos oportunos—, nos han marcado siempre. Vaya uno a saber si el poso de admiración que tenemos por estos muertos viene de los griegos de marras, o si la cosa viene más bien de Jesús, que apenas si había pasado los treinta cuando lo crucificaron, pero el tema es que eso nos impresiona. Hamlet murió a los 35, más o menos, y también por eso su muerte es trágica. Keats murió antes de cumplir los 26, despreciado por la crítica de su tiempo, y luego sus odas se han convertido en poemas fundamentales de la literatura inglesa. Son poemas de genio, por supuesto, pero nadie puede leerlos sin recordar con el fondo de la cabeza que son los poemas de alguien que se fue antes de tiempo, y eso cambia inevitablemente la lectura. De Mozart y Caravaggio a Jim Morrison y Cepeda Samudio, nuestros muertos prematuros nos condenan a pensar qué habrían hecho si la vida, o su propia mano, les hubiera dado más tiempo del que tuvieron.

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