HACE UNOS DÍAS, DESPUÉS DE leer en este periódico el artículo que publicó Darío Jaramillo sobre Sergio Pitol, me puse a hojear uno de los últimos libros de ese mexicano involuntario, y acabé por leerlo entero.
El viaje —libro de 2001— es la muy privada e interna crónica de una fascinación; en bastante menor medida, es la crónica de un viaje. Se trata, sí, de la captura de un mundo en el momento de su metamorfosis, si aceptamos que el mundo está menos en los noticieros que en las impresiones que producen libros e individuos, y si recibimos de buena gana esa licencia: la escritura que finge ignorar lo que sabe.
La cosa sucede así: en la “Introducción”, Pitol nos cuenta cómo llegó a escribir, una década después de las experiencias, sobre el tema (sobre el viaje) ruso. Andaba vagabundeando por sus diarios, en busca de material para escribir acerca de la Praga en que vivió entre 1983 y 1988, cuando esos diarios lo llevaron al viaje que hizo, desde Praga, por Moscú, Leningrado (alias Petersburgo) y Tbilisi. La excursión dura sólo dieciséis días, pero son días claves: estamos en 1986, la perestroika comienza a olerse, y por todas partes hay señales de esa “consagración de la primavera, celebrada entre miles de obstáculos”. Pero el escritor que anota cosas en su diario durante tardes hoteleras no sabe aún lo que sabe el escritor que, años después, arregla las notas en forma de libro. Lo que hace, entonces, es echar mano de la ironía y del estilo para completar esa pequeña trampa: transmitir a lo narrado la emoción del que ya vio lo ocurrido, pero fingiendo todo el tiempo que no lo ha visto. El resultado es raro: casi como si el hombre de 1986 sintiera nostalgia del país que no ha sido todavía.
El secreto para lograr todo eso está —era apenas previsible— en la voz. En efecto, entre más desprecie un narrador las bondades de la imagen, más seguro debe estar de su tono. La prosa de Pitol es una mezcla curiosa de humilde oralidad y de certidumbre sintáctica. En cierto punto leemos que “le caímos con rapacidad a las mil maravillas que los rusos degluten como preludio a la comida”. Cuando un narrador es capaz de darnos una frase tan fea (cambiar degluten por comen simplemente para evitar el choque con comida tiene pena de muerte en varios condados), y sin embargo salirse con la suya, sabemos que estamos ante un estilista interesante. Ese talento reincide en otras partes: se trata de una voz de reverberaciones profundas, una sintaxis capaz de trascender los clichés en que la evocación puede caer por momentos.
El viaje es, ante todo, la presencia de Pitol; su riqueza es esa presencia, y las lecturas —sobre todo las lecturas— que esa presencia ha hecho. Hay bastante de lo que la voz ha soñado (ningún temor a aquello que decía Henry James: Narra un sueño, pierde un lector), y algo de lo que ha oído; pero poco, dolorosamente poco, de lo que ha visto. Sus personajes aparecen consignados como abstracciones, y sus escenas tienen como fin único el contraste de lo grotesco con el más noble recuento de la mentalidad rusa (Chéjov, Turguéniev, Gógol y los pasajes magníficos acerca de Marina Tsvietáieva). Y a fin de cuentas, el misterio del libro acaba siendo ése: el talento, mezcla de sensibilidad y de buen gusto, con que Pitol logra hacer del solipsismo una virtud.