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HACE POCO, EN UNA CONVERSAción con estudiantes de literatura, todos nacidos en Estados Unidos, mencioné en algún momento a Carlos Barral, y me sorprendió descubrir que muchos de ellos no tenían ni la menor idea de quién era este personaje al que deben, sin saberlo, buena parte de la mejor literatura latinoamericana.
El inventor de la Biblioteca Breve que en los años sesenta lanzó a Vargas Llosa y a Carlos Fuentes y a Cabrera Infante y a José Donoso era, para ellos, un personaje radicalmente nuevo, y los pocos que sabían de quién se trataba (“el editor del boom”, resumían) sólo conocían esa vida: la del editor. Pero Barral era muchas otras cosas.
En España se repite mucho, por ejemplo, que Barral era poeta antes que nada. Los que lo dicen se refieren, como es obvio, a sus grandísimos poemarios, pero es que Barral era uno de esos poetas para quienes no hay diferencia entre el mundo escrito y el mundo no escrito. Vargas Llosa cuenta, por ejemplo, que en una época Barral pasó varios meses pidiendo lo mismo en todos los restaurantes, “ostras y queso”, simplemente porque sonaba bien al oído. Otro ejemplo: a finales del franquismo, después de ciertas actividades subversivas, Barral pasó varias horas en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, y se negó a firmar su propia declaración porque el inspector que se la había tomado había modificado las palabras. “¿Pero no ha dicho usted esto?”, preguntó el inspector. “No”, dijo Barral, “lo que yo he dicho es esto”, y repitió su frase. “Es exactamente lo mismo”, le dijo el inspector, y Barral contestó: “Sí, pero no tiene el mismo ritmo”.
En esas anécdotas aparece un lado importante de Barral, que con el tiempo me interesa cada vez más: su consciencia de ser un personaje artificial, una creación de sí mismo. Barral vivió dividido: se pasó la vida observándose, y por eso podía salir vestido con capa y bastón a caminar por el barrio barcelonés de la Bonanova como cualquier Oscar Wilde, cuando ese mismo fin de semana había estado navegando desnudo por el Mediterráneo. Por eso no sorprende que haya cedido al impulso con el que mejor se podía observar: escribir una novela en la cual Carlos Barral fuera el personaje. Penúltimos castigos, que así se llama la novela, tuvo un problema: Barral el escritor acabó cansado de Barral el personaje, igual que todos nos cansamos de nosotros mismos si nos observamos el tiempo suficiente, y lo mató en el penúltimo capítulo. Pero (genio y figura) no lo mató de cualquier forma: usó el mismo método que un amigo suyo, Alfonso Costafreda, había usado para suicidarse.
Él no se suicidó: era un romántico, pero también un hedonista. Los que lo conocieron hablan de alguien que disfrutó de la vida como pocos, aunque siempre lo haya hecho con una cierta sensación de culpa, porque también en su posición social vivía inconforme y dividido. Uno de sus poemas, Apellido industrial, explora la mala conciencia que siempre tuvo por haber nacido en una familia burguesa; y sin embargo ese apellido (y esa plata) le sirvieron para inventarse de la nada una empresa editorial que cambió para siempre la cara de la literatura en lengua española. Lo curioso, al leer sus poemas y sus libros de memorias, es darnos cuenta de que el destino editorial fue algo que de alguna manera le cayó en suerte: el gran editor de su época fue un hombre que hubiera podido perfectamente pasarse la vida siendo otra cosa.
Tal vez no es tan grave, entonces, que los estudiantes norteamericanos no supieran quién era Carlos Barral. Él mismo no lo tenía muy claro.
