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Un encuentro con Milan Kundera

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Juan Gabriel Vásquez
13 de noviembre de 2009 - 03:27 a. m.
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EL LUNES PASADO, MIENTRAS EN todos los medios se conmemoraba la caída del famoso muro, mientras las imágenes de las banderas y la gente con martillos y el Checkpoint Charlie saltaban como conejos desde cada pantalla y cada periódico, yo terminaba de leer Un encuentro, el último libro de Milan Kundera. Fue una curiosa coincidencia.

El ensayo pertenece a la misma familia de El arte de la novela y El telón: consideraciones sobre la novela y su lugar entre nosotros, o sobre el mundo nuestro y el papel que juegan en él los novelistas. Pero leer el libro en ese fin de semana, terminarlo en ese día en particular, es leer otra cosa: un testimonio soslayado del mundo que se cayó con el muro. Éste no es un libro político, no me malentiendan. Pero sí es un libro que con cada página, con cada párrafo, acepta que de la política —y de la hermana mayor de la política: la Historia— no se puede escapar.

Kundera puede muy bien ser el último novelista de la Guerra Fría. En otras palabras: quedan pocos como él que hayan vivido todas, o casi todas, las experiencias en que pensamos cuando pensamos en la Guerra Fría. El discurso de la “Cortina de hierro” en 1946, la primavera de Praga, la experiencia del totalitarismo, la persecución y el exilio, una reinvención tan radical que incluyó un cambio de lengua: todo eso está en sus ensayos, aunque hablen de un pintor como Francis Bacon o de un músico como Schönberg. El ensayo sobre las novelas de Josef Skvorecky es también la memoria de un encuentro con el novelista en septiembre de 1968 y en París: “Las dos primaveras”, se llama el texto, y ya se imaginan ustedes a cuáles se refiere. El ensayo sobre la música de Xenakis es también un recuerdo de la invasión rusa de Checoslovaquia, “nación condenada a muerte”. Y así con todos.

Lo cual, claro, no es para sorprenderse. “Cuando un artista habla de otro, siempre habla (mediante carambolas y rodeos) de sí mismo”, escribe Kundera en el ensayo sobre Bacon. Y yo he visto a Kundera hablar, en cada uno de estos textos, de las mil y una formas en que la experiencia del totalitarismo se le mete en la piel a una persona. En uno de los pasajes más bellos del libro, titulado escuetamente “La enemistad y la amistad”, recuerda la visita que le hizo Kundera a Louis Aragon, el gran francés que apadrinó su primera novela. Aragon se había peleado con los surrealistas, y en particular con su gran amigo Breton. Dice Kundera: “Hoy en día, ya lo sé: en la era de los balances, la llaga más dolorosa es la que dejan las amistades rotas; y nada más idiota que sacrificar una amistad por la política”. Y luego este párrafo devastador, que me hubiera gustado firmar y que voy a transcribir entero, para no correr el riesgo de echar a perder su potencia con un recorte equivocado.

“En nuestro tiempo aprendimos a someter la amistad a lo que suele llamarse las convicciones. Y lo hacíamos con el orgullo de actuar con rectitud moral. Es necesaria una gran madurez para comprender que la opinión que defendemos no es más que nuestra hipótesis favorita, a la fuerza imperfecta, probablemente pasajera, que sólo los muy cortos de entendederas pueden tomar por una certeza o una verdad. Contrariamente a la pueril fidelidad a una convicción, la fidelidad a un amigo es una virtud, tal vez la única, la última”.

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