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A Bogotá no se la polariza

Juan Manuel Ospina

22 de noviembre de 2018 - 12:00 a. m.

Lo peor que le podría pasar a Bogotá, y en general a las ciudades en el país, es que la polarización emotiva, descalificadora, estéril y esterilizante que se tomó el escenario y el debate político nacional, invada el debate electoral del próximo año. Obvio que una política sin debate de planteamientos, propuestas y compromisos se reduce al unanimismo propio de los gobiernos autoritarios cuando no francamente totalitarios que es la negación de la democracia; en esas situaciones, el que piensa distinto se convierte en el enemigo que debe ser abatido.

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Esta realidad antidemocrática se ha impuesto con la ayuda de la circulación masiva e incontrolada de noticias falsas, favorecida y complementada con la dinámica de las redes sociales que de ser nuevos escenarios virtuales abiertos para ejercer la responsabilidad y la iniciativa ciudadana, crecientemente han sido capturadas por personas y organizaciones establecidas para el efecto, que las emplean como armas no de debate sino de guerra para destruir al otro cerrando el espacio a la deliberación reflexiva sobre temas que interesan a una pluralidad de personas, convertidas en un desfogadero de emociones, frustraciones y rabias envueltas en el ropaje del odio, la antítesis de un debate democrático entre personas pensantes y no de energúmenos.

Digo lo anterior porque en el caso concreto de Peñalosa en Bogotá, es explicable el gran rechazo ciudadano que genera con su comportamiento displicente, bravucón, de “tecnócrata sobrador”, que riñe totalmente con el concepto propio de la democracia, del servidor público que tiene un mandato de los ciudadanos que lo eligieron y un compromiso con el conjunto de la comunidad y no solo con sus amigos. El autoritarismo tecnocrático de Peñalosa y el militantismo político de un Petro al cual solo le interesa su avance político en pos de la presidencia de la República, son posturas que alimentan y se alimentan de esa polarización, en detrimento de posicionar los temas de la ciudad como el eje del debate y de las preocupaciones de quienes habitamos en Bogotá.

El rechazo que provoca Enrique Peñalosa impide el análisis objetivo de sus propuestas y realizaciones. Un ejemplo al respecto es la valorización que le acaba de aprobar el Concejo. Un proyecto que independientemente de las obras que se financiaran con esos recursos, tiene una serie de avances respecto a proyectos anteriores que descreditaron por completo una figura fiscal fundamental para el desarrollo de las infraestructuras necesarias para mejorar la vida de las comunidades.

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 Parte de reconocer que el almendrón del mecanismo es la relación directa entre el pago que realiza el contribuyente y el beneficio que recibe gracias a la inversión de los dineros que aporta, beneficio que se reflejará además en el mayor valor que alcanzará su propiedad; por eso las propuestas de valorización para financiar obras de interés general son un contrasentido conceptual, pues esa es la naturaleza de un impuesto y la valorización es una contribución; tampoco es redistributiva porque no transfiere recursos hacia los estratos de menores ingresos o francamente pobres, propio de los impuestos, pero si es progresivo o si se quiere es equitativo, porque paga más el que tiene bienes de mayor valor catastral en el sector y se supone que estos se valorizarán proporcionalmente.

El proyecto además atiende la necesidad de que sea mínimo el tiempo que transcurre entre el recaudo de la contribución y la realización de la obra, con lo cual podría recuperarse la confianza ciudadana en el mecanismo. Los pagos se realizarán al ritmo del avance de las obras y los grandes contribuyentes lo podrán hacer hasta en cinco cuotas anuales. Para los predios residenciales la contribución no excederá el valor del correspondiente impuesto predial. No sobra decir que la condición necesaria para que la valorización funcione es la existencia de un catastro técnico y actualizado para establecer el monto a pagar.

Este es un ejemplo claro de los temas a abordar en el debate de la ciudad que debe adelantarse sin las gafas distorsionantes de la ideología, despojados de las ciegas y oportunistas pasiones políticas que sacuden el escenario nacional. Conforme con el espíritu que le dio vida a la elección de los alcaldes esta debería responder a los intereses ciudadanos y no a la lógica e intereses de las luchas partidistas nacionales. La ciudad por encima de los partidos, podría resumir ese espíritu fundador, que urge rescatar en las elecciones del próximo octubre.

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